sábado, 18 de marzo de 2017

Enrique III "el doliente"




Enrique III. Calixto Ortega Matamoros. 1848. Museo del Prado



Era el 4 de octubre de 1379 cuando el rey Juan I de Castilla anunciaba el nacimiento de su primer hijo, fruto de su matrimonio con Leonor de Aragón. El pequeño Enrique perdió a su madre tres años después de su nacimiento y fue su nodriza, Ines Lasso de la Vega, quien se ocuparía de él durante los primeros años. Más tarde sería un tutor, Juan Hurtado de Mendoza, el encargado de su cuidado y educación. 

Cuando contaba tan solo 9 años se le colocó en el tablero de las alianzas y los tratados. Para un rey de la Edad Media sus vástagos eran una importante moneda de cambio, así pues, Enrique, fue utilizado para poner fin al conflicto sucesorio castellano.

En 1388 se firmaba el tratado de Bayona. Fue firmado por su padre, Juan I, y por  Juan de Gante junto a su esposa Constanza de Castilla. En el tratado se comprometía el matrimonio de los descendientes de ambas lineas. Juan I ofrecía a Enrique, su sucesor,  y Constanza y su esposo a su hija Catalina de Lancaster. De este modo y, tras el pago de una sustanciosa cantidad en metálico y alguna otra concesión por parte de Juan I, Constanza y su esposo renunciaban a sus derechos al trono de Castilla. 

En marzo de ese mismo año en la catedral de Palencia contraían matrimonio un niño de nueve años y una joven de quince. Desde ese mismo momento les fue otorgado el título de Príncipes de Asturias como herederos de la Corona y serían ellos los primeros en llevarlo. A pesar de la premura de la ceremonia religiosa - para cumplir con el Tratado - parece ser que el matrimonio no se haría efectivo hasta la fecha en la que Enrique cumpliera catorce años. 

Corría el mes de octubre de 1390 cuando Juan I encontró la muerte al caer de un caballo y Enrique fue proclamado Rey. La minoría de edad del nuevo Rey desató las ambiciones de muchos nobles que se creían con derecho a ejercer la Regencia y entre tanto revuelo el inteligente arzobispo de Toledo, Juan Tenorio - en quien Juan I había depositado toda su confianza - logró imponerse.

Según nos cuenta el cronista Pedro López de Ayala, el arzobispo convocó Cortes en Madrid, y a esa convocatoria acudieron las principales figuras de la alta nobleza castellana y los parientes del Rey que se creían con derechos a ejercer la regencia. Como nadie se ponía de acuerdo se busco la solución constituyendo un Consejo de Regencia. Estaba éste formado por 24 miembros, once de los cuales pertenecían a la nobleza y el resto eran representantes de las ciudades. Fue precisamente esta disparidad de consejeros y de intereses lo que conduciría al fracaso del Consejo.

Esta lucha de poderes y el vacío de autoridad tendría consecuencias. La violencia se instalaría en las calles y la situación de Castilla se tornaría catastrófica. En Sevilla se iniciarían los asaltos a la judería y la matanza de sus miembros y esta situación, como si de un reguero de pólvora se tratase, se extendería por todo el Reino. Ante este panorama eran muchos los que clamaban para que Enrique III se hiciera cargo del Reino.

El 2 de agosto de 1393 Enrique fue declarado mayor de edad y asumió la responsabilidad de gobernar. Tenía catorce años.

Catalina de Lancaster

Según cuenta Juan de Mariana el rey tenía un rostro agraciado, era bien hablado, elocuente y extremadamente prudente. Le gustaba escuchar, probablemente porque ello le permitía tener información de cuanto acontecía y conseguir de ese modo un mejor gobierno. 

Como primera medida el nuevo Rey convocó a las Cortes en Madrid. Enrique era consciente de que tenía dos grandes problemas, por una parte debía lidiar con las ambiciones de la alta nobleza castellana que luchaban por acrecentar su poder y su patrimonio y por otra debía hacer frente y frenar la escalada de violencia que se había desatado contra los judíos quienes, además, aportaban gran cantidad de riquezas a las arcas del Rey. 

Buscó el apoyo en la nobleza secundaria, se rodeó de ellos y los encumbró de tal forma que todos cerraron filas en torno a su Rey poniendo freno a las ambiciones de muchos de los parientes del Monarca que amenazaban con desestabilizar el Reino. Acabó por debilitar el poder de la alta nobleza cuando potenció la figura de los corregidores, encargados de representar al Rey en los consejos. Por otra parte emitió varios edictos prohibiendo el uso de la violencia contra los judíos llevando, de este modo,  un poco de paz y tranquilidad a los habitantes de las juderías. 

El matrimonio ya se había consumado pero los hijos tardaban en llegar y la salud de Enrique empezaba a deteriorarse. Nos cuenta Fernán Pérez de Guzmán que cuando el Rey contaba diecisiete o dieciocho años "tuvo muchas y grandes enfermedades que dañaron y enflaquecieron su cuerpo, que le afearon el semblante" y que " Ca, con el trabajo e afliçion de la luenga enfermedad fizose muy triste e enojoso". El profesor Veas con la ayuda de la doctora Costa Guirao llegaría a la conclusión de que Enrique debió padecer alguna enfermedad, probablemente neurológica, que sería de evolución lenta pero con cuadros clínicos cada vez más frecuentes y con gran deterioro orgánico en cada uno de ellos. 

Muchos fueron los médicos que trataron a Enrique durante su larga enfermedad, aunque su médico personal fue el converso Alfonso Chirino quien nos deja testimonio en sus escritos del fracaso de de los remedios que se dispusieron para mejorar la débil salud del Rey, algunos de ellos verdaderamente curiosos: "rico letuario con esmeraldas molidas, que costó cada peso dél veynte pesos de oro e fue fecho para el noble rey Don Enrique, de buena memoria". No obstante en ninguno de esos testimonios hace un diagnóstico de las dolencias padecidas por el Monarca. También le atenderían el boloñés Pietro da Tossignano que vino a España hacia 1400 y que, según el mismo Chirino, fue retribuido espléndidamente y los judíos Mosseh Aben-Zarzal y Mayr Alguadex. 




El carácter de Enrique iba cambiando. Se volvió huraño y desconfiado conforme la enfermedad hacía mella en él pero, a pesar de sus sufrimientos, no descuidaba sus labores de Estado y  continuaba con la tradicional itinerancia regia, visitando los distintos pueblos de Castilla. 

No se conformaba Enrique con mantener su Reino en paz y los límites del mismo protegidos, en el año 1400 mandaría una escuadra a la ciudad de Tetuán, que por encontrarse en aquel entonces infestada de piratas, constituía una dificultad añadida al comercio marítimo castellano. Cuatro años después financiaría el proyecto de la conquista de Canarias que le habían presentado Juan de Béthencourt y Gadifer de la Salle, aceptando su vasallaje. 

La descendencia empezaba a llegar y en 1401 su esposa daría a luz a María, la primera de las hijas del matrimonio y dos años después nacería la segunda, Catalina. Por fin en 1405 nacía en Toro un varón. No estuvo presente el Rey en su nacimiento, ya que se encontraba en Alcalá de Henares, siendo allí donde recibiría la feliz noticia. 

En 1406 el reino nazarí de Granada había roto el pacto de paz y había invadido Murcia. Enrique, a pesar de que su estado físico era cada vez peor, se vería en la obligación de presentar batalla. Consideraba Enrique que para dar por terminado el conflicto de Granada era necesario un gran ejercito y para obtenerlo necesitaba financiación. Así pues, convocó Cortes en Toledo, y una vez éstas dieron la conformidad a sus planes y el dinero necesario para ello, Enrique se dispuso a iniciar los preparativos. Preparando esta guerra lo encontró la muerte. 

La salud de Enrique se había ido resintiendo todavía más en los últimos meses siendo su debilidad extrema. A finales de diciembre el Rey siente que el fin se aproxima y otorga testamento señalando en él que el heredero del trono debía ser su hijo Juan, de apenas año y medio. Dos días después concretamente el 25 de diciembre el Rey moría en Toledo a los veintisiete años de edad. 

La causa de su muerte la ignoramos, ni los galenos que le trataron ni López de Ayala ni Jerónimo Zurita han dejado testimonios que nos permitan una aproximación diagnostica, no obstante A. Ruiz Moreno considera que: "su muerte en plena juventud, a los 27 años; el comienzo de sus enfermedades a los diecisiete años: su delgadez y debilidad, su mal color y su carácter melancólico e irritable nos autorizan a pensar que Enrique III fue tuberculoso y murió a causa de dicha enfermedad". Una afirmación muy categórica que parece no tener en cuenta otros factores como los cambios en su rostro y las dificultades en el lenguaje que cita Perez de Guzman. 

Recibió sepultura en la capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.




jueves, 2 de marzo de 2017

Victoria Luisa de Prusia, la hija del último Kaiser




Victoria Luisa de Prusia. Laszló


Si con alguien desplegó ternura el káiser Guillermo II fue con Victoria Luisa, la séptima y última de sus hijos y también la única niña. La criatura había nacido el 13 de septiembre de 1892 y después de seis varones a sus progenitores les ilusionó su llegada al mundo. 

Por lo que sabemos y por lo que ella misma contó, su infancia fue feliz. El matrimonio de sus padres gozaba de armonía, el carácter violento y poco tolerante de su padre era compensado por la sumisión de su madre. La princesa Augusta Victoria de Holstein-Sonderburg-Augustenburg, no osaba opinar de modo diferente al de su esposo, lo que hacía que las relaciones matrimoniales fueran sumamente pacíficas.

Sus hermanos - como correspondía al espíritu prusiano - fueron educados bajo una estricta disciplina militar pero, según el Kaiser, a Victoria Luisa solamente había que educarla como a una princesa y por tanto pasó de Annie Topham, una nany que le enseñó a hablar en perfecto inglés, a una profesora alemana, Elisabeth von Salern, que le enseñó lo que se consideraba que una princesa debía saber. No obstante, y tal vez por haber sido educada entre varones, era una gran deportista, le gustaba caminar, esquiar y era una buena amazona. 

 Victoria Luisa y Guillermo II


Toda la rudeza con la que el káiser trataba a sus hijos varones se diluía en mimos cuando se trataba de "su niña". Todos sus caprichos era satisfechos al momento hasta el punto de hacer de ella una niña bastante malcriada. El historiador Justin C. Vovk dice que Victoria Luisa era inteligente como su abuela paterna, la Emperatriz Victoria, digna como su madre e imperiosa como su padre. 

En 1912 conocería al hombre de su vida aunque para ello tuvo que suceder un terrible acontecimiento. El hijo mayor del duque de Cumberland, Jorge de Hannover, había fallecido como consecuencia de un accidente de automóvil. Las familias Hohenzollern y Hannover mantenían una enemistad desde que, como consecuencia de la unificación alemana, los Hannover perdieron gran parte de su patrimonio. 
Al enterarse del triste suceso, Guillermo II enviaría sus condolencias a los duques y éstos en un intento de limar asperezas enviarían a su hijo Ernesto Augusto a Berlin para expresar su agradecimiento al Kaiser. 

Ernesto Augusto III de Hannover


El amor entre Victoria Luisa y Ernesto surgiría de manera espontánea y desde el primer momento en que se vieron. El Kaiser Guillermo, incapaz de negarse a ningún deseo de su querida niña accedería al matrimonio. No obstante, algunos historiadores como Eva Giloi afirman que Guillermo II deseaba, desde hacía años, acabar con el conflicto entre las dos familias y que ésta y no la satisfacción de Victoria Luisa fue la razón por la que accedió. 

La boda se celebró en Berlin el 24 de mayo de 1913 y supuso el acontecimiento social más importante de la realeza antes de que Europa se tiñera de sangre. Todos los monarcas europeos se dieron cita en ella y se dice que para transportar los regalos de boda fueron necesarias varias camionetas. Entre los regalos destacaba la tiara prusiana - tantas veces lucida por los distintos miembros de la familia real española - regalo de su padre, Guillermo II. 

Tras la corta luna de miel se instalaron en Brunswick en el castillo de Blankenburg donde nacería su primer hijo antes de haberse cumplido el primer año de matrimonio. Después vendrían cuatro más, todos varones excepto una niña, Federica, abuela materna del rey Felipe VI de España. 


La tranquilidad duraría poco, apenas un año después de su boda estallaba la Primera Guerra mundial. Ernesto Augusto lucharía del lado de los alemanes llegando a ser general de división. Al finalizar la contienda Brunswick sería declarado Estado Libre perteneciente a la República de Weimar. Ernesto Augusto se vio en la obligación de abdicar.

La familia llegaría a temer por su vida y en noviembre de 1918 abandonan Brunswick, por la noche y en tren, dirigiéndose a Austria, a la población de Gmunden. Allí, en la villa Weinberg, fijaran su residencia. Poco después el gobierno británico suspendería el Ducado de Cumberland por haber pertenecido Ernesto Augusto al ejercito alemán. No obstante continuaría ostentando la jefatura de la Casa de Hannover hasta su fallecimiento. 

Unos años después a la familia se le permitió volver a Alemania y se instalaron en Blankenburg. Aunque Ernesto Augusto no simpatizaba con el movimiento nazi se sentía obligado a guardar sus sentimientos y aparentar una cordialidad que no sentía por la tranquilidad de su familia. Lo cierto es que, fueran cuales fueran las razones, sus tres hijos mayores vistieron el uniforme de las Juventudes Hitlerianas.

La primera en casarse fue su hija Federica y lo hizo en enero de 1938 en Atenas. Con el tiempo llegaría a ser reina de Grecia. Un año después estallaba la Segunda Guerra Mundial. 

Victoria Luisa y su esposo siguieron viviendo en Blankenkurg hasta el final de la contienda en 1945. El miedo a las tropas soviéticas que avanzaban les hizo emprender de nuevo la huida. Se instalaron en el castillo de Marienburg en la población de Pattensen en Hannover, que era zona inglesa. Dado que Ernesto Augusto era primo del rey del Reino Unido, consideraron que allí estarían seguros.

Victoria Luisa con su esposo e hijos


Victoria Luisa pasó los siguientes años ocupada en las obras de restauración del castillo que llevaba años sin haber sido ocupado. Era una mujer enérgica y de gran personalidad, seguía siendo muy deportista y a pesar de ser considerada una de las últimas figuras de la Belle Epoque, no se pasaba los días de fiesta en fiesta, todo lo contrario, muchas fueron las obras sociales en las que se involucró, entre otras en una fundación que organizaba vacaciones para los hijos de los obreros. 

 En 1953 murió su esposo y empezaron unos años difíciles para Victoria Luisa que entró de lleno en conflicto con sus hijos por temas monetarios. Todos los hijos hicieron causa común para lograr repartir, cuanto antes, el patrimonio dejado por Ernesto Augusto, llegando incluso a desalojarla del castillo. Victoria Luisa se trasladaría a vivir a Riddagshausen 

Durante los años siguientes la relación con sus hijos continuaría siendo mala y debido a ello cuando en 1962 su nieta Sofía, que llegaría a ser Reina de España, se casó en Atenas, no fue invitada a la boda. Curiosamente la entonces princesa Sofía, sujetaba su velo de novia con la tiara prusiana que Guillermo II había regalado a Victoria Luisa el día de su boda y que ésta dejó a su hija Federica el día en que ésta se casó. 



A partir de 1965, Victoria Luisa empieza a escribir y llegaría a publicar siete libros sobre su vida y vivencias, manteniéndose activa y deportista durante estos años de su vejez. 

En septiembre de 1980 sufriría un cuadro compatible con una esclerosis cerebral por lo que tuvo que ser ingresada en el hospital Friederikenstift, de Hannover. En este hospital fallecería el 11 de diciembre como consecuencia de una neumonía. 

Los funerales se celebraron en la Catedral de Brunswick y a ellos asistirían representantes de las Casas reinantes europeas. Su nieta la reina Sofía asistió junto a su hija Elena y junto a su madre Federica de Grecia.

Fue enterrada en el mausoleo de los Reyes de Hannover en Herrenhausen, junto a su esposo.