domingo, 14 de mayo de 2017

Alejandra Románova, Zarina de Rusia







Alejandra nació el 6 de junio de 1872 en el Neues Palais de Darmstadt, la capital del Gran Ducado de Hesse, siendo la sexta hija de los futuros Grandes duques: Luis de Hesse y Alicia del Reino Unido y nieta por lo tanto de la Reina Victoria I. Fue una niña hermosa, rubia, de ojos azules y desde el principio fue llamada Alix por sus padres y hermanos. 

Darmstadt era una pequeña ciudad muy provinciana y además en su familia los medios económicos eran más bien escasos, así que la pequeña Alix disfrutaba enormemente de los periodos de vacaciones en la campiña inglesa, junto a su familia materna. Su madre, la princesa Alicia, la había educado con los mismos principios victorianos que a ella la educaron: un gran amor a la familia y una estricta moralidad y, tal vez por ello, se había convertido en una de las nietas preferidas de la reina Victoria.

Tenía apenas seis años cuando la tragedia vino a teñir su infancia de tristeza. En 1878 hubo una epidemia de difteria en Darmstadt de la que no se libró ningún miembro de la familia ducal. El Neues Palais se vistió de luto, la madre y la hermana menor de Alix murieron como consecuencia de la epidemia. La pequeña Alejandra no se recuperaría del dolor de la orfandad y a partir de entonces su rostro siempre reflejaría un fondo de tristeza. Su timidez y retraimiento se irían acentuando. 

Alix de Hesse

La educación de Alix estuvo tutelada por la Reina Victoria, a quien sus profesores informaban de los progresos de la niña. Victoria había decidido que en ausencia de su madre a ella le correspondía la obligación de velar por la buena educación de su nieta. Alix pasaba los inviernos en Darmstadt y los veranos en el Reino Unido. Allí se reunía con la mayoría de sus primos bien fuera en Osborne, en Balmoral o en Windsor pero, a pesar de estos periodos de confraternidad siguió siendo una niña introvertida y solitaria. 

El año 1884 marcaría su destino. Su hermana mayor, Isabel, iba a contraer matrimonio con el Gran Duque Sergio, hermano del Zar de Rusia Alejandro III. Alix tenía 12 años y seguía siendo tímida y retraída lo que le impedía disfrutar de los grandes acontecimientos por tanto, acudir a Rusia para asistir al enlace no supuso para ella ninguna alegría. Sin embargo cuando llegó quedó impactada por el esplendor, el lujo y la riqueza de San Petersburgo. Acostumbrada como estaba a las estrecheces económicas de su familia en Darmstadt, el palacio imperial de Peterhof le pareció el parangón de la opulencia. 

No obstante no fue el lujo lo que más impresionó a Alejandra sino el hijo y heredero del Zar, Nicolás. También el joven, que tenía 16 años, se sintió impresionado por Alix y cabe suponer que ambos se prometerían amor eterno.

Nicolas II

Los años pasaban, sus hermanas mayores se habían ido casado y en Darmstadt tan sólo quedaban ella y su hermano Ernesto, el heredero, junto a su padre. Alix se había convertido en una joven alta y delgada, con un rostro de delicadas facciones pero, seguía siendo extremadamente tímida y el hecho de tener que asumir las funciones de representación femenina del ducado y tratar con gente extraña la sumía en un estado de ansiedad cercano a lo patológico. Tampoco su salud  era buena y, a pesar de su juventud, sufría crisis de ciática que la dejaban postrada y sin poder andar en muchas ocasiones. También eran frecuentes en ella las otitis y las jaquecas. 

La reina Victoria, para la que Alix seguía siendo su nieta favorita, tenía el plan de casarla con su nieto Alberto Victor, hijo del príncipe de Gales y por tanto el segundo en la linea de sucesión. Pero Alejandra - que seguía enamorada de Nicolás - rechazó la oferta. 

El 1892 murió su padre y esta nueva pérdida la abatió por completo y la colocó al borde de la depresión. Su abuela Victoria - que la invitó a pasar una temporada con ella - y su dama de compañía Gretchen Von Fabrice, lograrían con paciencia y cariño, animarla. 

Con ocasión de la boda de su hermano Ernesto volvería a reunirse con Nicolás. Ambos jóvenes se darían cuenta de que seguían enamorados y que deseaban pasar el resto de su vida unidos. Esta boda no sería del agrado del Zar, a quien no gustaba el origen alemán de la joven, ni tampoco de la reina Victoria, a quien no gustaban los Romanov pero, pese a todo, Alejandra empezaría a prepararse para el matrimonio y para abrazar la religión ortodoxa.

Alejandro III moría el 1 de noviembre de 1894 y Nicolás era proclamado nuevo Zar. Todavía no había transcurrido un mes de estos hechos cuando se casaba con Alejandra. 

Boda de Nicolas y Alejandra. Laurist Tuxen. Palacio de San Petersburgo

Alix conocía muy poco de su nuevo país, no hablaba su idioma- nunca lograría hablarlo con fluidez- y desconocía sus costumbres. El pueblo ruso, supersticioso como era, auguró a la pareja un mal reinado puesto que un ataúd negro había precedido a la boda, y no se equivocaron. 

El día de la coronación de la nueva Zarina, y para que todo el mundo pudiera festejar el acontecimiento, se sacaron carros de comida para distribuir entre la población.El pueblo ruso, hambriento, se abalanzó hacia la comida pisoteando todo y a todos los que se pusieran delante. Hubo bastantes muertos. A pesar de ello Alix continuó festejando su coronación. 

El carácter tímido de Alejandra era interpretado por sus súbditos como frialdad y distancia y no despertaba simpatías. Tampoco ella se sentía atraída por el arte y la cultura rusas y además su comportamiento, a raíz de convertirse en zarina, se tornó autoritario. De hecho influyó enormemente en su marido para que desoyera cualquier consejo y gobernara con todo el autoritarismo que, según consideraba ella, el poder absoluto del Zar debería tener. 

En 1895 nacería su primera hija, Olga, que lógicamente, produjo una gran decepción puesto que todo el mundo esperaba un varón continuador de la dinastía. Las decepciones continuarían ya que, después de esta primera niña, nacerían otras tres: Tatiana, María y Anastasia. También el pueblo ruso se mostraba decepcionado y su antipatía por la Zarina aumentaba. Hubo que esperar hasta el 12 de agosto de 1904 para que naciera el ansiado varón que recibió el nombre de Alexis. No iba a durar mucho la alegría ya que, poco después de su nacimiento, se evidenciaría que Alexis sufría hemofilia.



Alejandra, Zarina de Rusia. Veber. Russian Museum

Alejandra, consciente de que era ella la que había trasmitido la enfermedad a su hijo, cayó en la desesperación. La sobreprotección a la que sometió a su hijo fue enorme, una enfermera, Marie, vigilaba constantemente al niño para evitar cualquier percance y siempre había médicos en palacio para su cuidado ya que el zarevich sufría fuertes dolores debido a hemorragias intraarticulares. Pero a la zarina Alejandra no le bastaba con esto, ella quería la curación de su hijo, ella quería un milagro.

Aparecería entonces en palacio, de la mano de Anna Výrubova, una de las damas de la Corte, un monje extravagante, maníaco y egocéntrico pero con un gran poder de persuasión y dispuesto a hacer creer que podía hacer el milagro: Rasputin. Lo primero que hizo el monje fue retirar del tratamiento que llevaba el Zarevich la aspirina que le daban sus médicos para aliviar sus dolores. De éste modo consiguió disminuir las hemorragias de Alexis y desde ese momento Alejandra empezaría a creer que el monje era un enviado de Dios. 

Gregori Rasputin

Rasputin tenía un enorme carisma así que, tanto Alejandra como su hijo, estaban subyugados por él. Su influencia llegó a ser tan grande que no había decisión del Zar o la Zarina - cuando actuaba de regente - que no hubiera recibido previamente el visto bueno del monje. En el gobierno y en la corte se consideraba que ésta influencia era absolutamente nefasta para el Imperio y finalmente Rasputin fue asesinado en diciembre de 1916. 

Durante la Regencia de Alejandra el gobierno ruso se deterioró rápidamente. La primera guerra mundial supondría una carga insoportable, los recursos escaseaban y aparecerían las hambrunas. Nicolás II era incapaz de controlar su Imperio, el pueblo ruso tan vasto, tan pobre y tan desesperado no aguantaba más y estalló la revolución. El Zar fue obligado a abdicar en marzo de 1917.

La familia Imperial pasó unos meses de reclusión en Tobolsk, en Siberia. En abril de 1918 fueron trasladados a la Casa Ipátiev, en Ekaterimburgo. Allí, el 17 de julio, a medianoche, fueron ejecutados No murieron solos, junto a ellos fueron fusiladas algunas personas de su servicio. 


La Familia Imperial


En 1979, los historiadores Aleksandr Avdonin y Geli Riábov hallaron la posible tumba de la Familia Imperial en un lugar cercano al bosque de Koptiakí, pero ésta no fue abierta hasta 1991. Tras los exámenes de ADN, se concluyó que los restos encontrados correspondían a la pareja imperial y a tres de sus hijas. Faltaban pues los del zarevich Alexis y los de una de sus hermanas. La leyenda de que la Gran duquesa Anastasia se había salvado se había iniciado ya mucho antes.

En 2007 se encontró otra fosa a unos 70 metros de la primera, en la que fueron hallados los cadáveres de un varón de entre12 y 15 años y una mujer de 15 a 19. Los estudios de ADN demostraron que los restos correspondían a Alexis y a una de las grandes duquesas, o bien María que tenía 19 años o bien Anastasia que tenía 17. Los ADN de los hijos del Zar y de su esposa fueron cotejados con el del duque de Edimburgo - esposo de la actual reina del Reino Unido - emparentado con la Zarina. 

En 1998 se les dio sepultura en la catedral de San Pedro y San Pablo en San Petersburgo. En el año 2000 fueron canonizados por la Iglesia Ortodoxa.


sábado, 22 de abril de 2017

María Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III




María Amalia de Sajonia. Luis Silvestre " el joven".




María Amalia podría haber sido feliz. En su corta existencia encontraría dichas que le fueron negadas a otras damas de sangre real y no porque su vida no fuera dirigida por sus progenitores - como ocurría con todas las princesas- sino porque en el camino elegido por sus mayores encontró la felicidad que le era negada a la mayoría : la felicidad conyugal. Pero, como la vida no es un cuento de hadas, esa felicidad duraría poco y el cruel destino se encargaría de amargarle la existencia. 

Nació el 24 de noviembre de 1724 en Dresde, una preciosa y artística ciudad que posiblemente influyó en su amor por la belleza. Sus padres eran Federico Augusto III, duque de Sajonia y Rey electo de Polonia, y la Archiduquesa María Josefa de Austria. Ella fue la tercera de los trece hijos que tuvieron sus progenitores. 

Los padres de María Amalia no eran francófilos pero, en aquellos años, todo lo que venía de Francia estaba de moda y por lo tanto en su educación prevaleció ese espíritu francés. La princesa aprendió a hablar rápidamente la lengua que se hablaba en París y además, como todas las grandes damas de la corte parisina, tenía un profesor de danza y otro que la enseñaría a caminar, a moverse y a sentarse con la distinción propia de una dama de su rango. Tenía una especial debilidad por la pintura, por las porcelanas y por las joyas. 

En la corte de Dresde las fiestas - y siempre había motivos para celebrarlas- eran fastuosas. Las damas vestían de blanco y oro y los caballeros de color escarlata y oro. Se lucían las mejores joyas y las galerías del palacio se engalanaban con una exquisita elegancia y lógicamente este refinamiento marcaría el carácter de la princesa. La influencia francesa no solo impregnaba los vestidos y la decoración, también la frivolidad y el libertinaje hacían acto de presencia en torno a la familia real, aunque la Reina y sus hijas constituían, a decir de las gentes, una isla de honestidad en ese mar de relajación moral. 


Palacio de Dresde


Mientras María Amalia se entretenía en danzas y elección de vestidos, D. Carlos, el tercer hijo de los Reyes españoles Felipe V e Isabel de Farnesio, era coronado en Palermo como Rey de Nápoles y Sicilia. Tenía el nuevo Rey 18 años y, por tanto, había llegado la hora de buscarle esposa. 
No fue la princesa sajona la elegida por los Reyes españoles, ya que éstos hubieran preferido a una hija del Emperador austriaco, pero cuando el embajador español llegó a Viena con la propuesta de los Monarcas españoles, recibió un rotundo no por respuesta. Hubo pues que buscar una sustituta y como María Amalia era sobrina- nieta del Emperador se pensó que D. Carlos tendría que conformarse con un parentesco menor pero, que aún así, era un matrimonio conveniente.

En mayo de 1738 se celebra la boda por poderes en Dresde y María Amalia, que apenas cuenta 14 años, emprende el viaje hacia el Reino de su esposo. En todas las ciudades italianas que atraviesa se le rinden homenajes y se celebran fiestas en su honor. Inicia entonces, la ya Reina de Nápoles y Sicilia, una costumbre que mantendría durante toda su vida, la de escribir cartas a sus suegros informándoles de los acontecimientos cotidianos, lo hacía en francés y firmaba como Amelie. Las cartas se conservan en el Archivo Histórico Nacional.

Es en Portella, en la frontera de su Reino y, en una especie de carpa levantada al efecto, donde se conocen los los esposos. Se gustaron tanto que partieron de inmediato con su séquito hasta la fortaleza de la Gaeta, donde esa misma noche consumarían el matrimonio. Quedaron ambos enamorados desde ese primer instante y según sus biógrafos su matrimonio fue sumamente feliz y no tuvo más penas que las ocasionadas por las enfermedades y la muerte de los vástagos que iban naciendo. 

Se hablaban en francés ya que ni ella hablaba italiano ni D. Carlos alemán, aunque la Reina aprendería pronto el idioma de sus súbditos. María Amalia era alegre, le gustaba la naturaleza y el paisaje de la costa napolitana era muy de su agrado pero, la corte napolitana distaba mucho de parecerse a aquella en la que había vivido. La etiqueta se regía por el protocolo español y además la nobleza napolitana no era rica y por lo tanto el boato era inexistente. Le costaría a la reina habituarse a esta nueva vida social tan ramplona y simple.


Carlos, Rey de Nápoles y Sicilia. Giussepe Bonito. Museo del Prado


María Amalia quedaría embarazada cuando todavía no había cumplido los 16 años. La gestación fue difícil, pero finalmente la Reina daría a luz en el Palacio Real de Nápoles a una niña a la que se impondría el nombre de María Isabel, para satisfacción de su abuela paterna. María Amalia tardó recuperarse de éste parto y, según contaba a sus médicos, sufría un dolor de estomago y un "catarro" que la incomodaban mucho.

A pesar de ello y como María Amalia sabía bien cual era su obligación  quedaría de nuevo encinta, naciendo en 1742 una nueva niña a la que se llamaría María Josefa Antonia, esta vez para contentar a la abuela materna. La pequeña fallecería tres meses después de su nacimiento.

El empeño de la Reina por dar a su esposo, que con tanto cariño la trataba, un hijo varón era grande y por tanto apenas recuperada del parto y del disgusto, quedaría de nuevo embarazada. Un mal día la pequeña Isabel enfermaría y el Rey, siempre atento al bienestar de su esposa, la trasladaría a Portici, para evitar que la Reina se contagiara y que se malograse el fruto de sus entrañas. La princesita fallecería, causando a la Reina un hondo pesar. La recuperación de este parto todavía sería peor ya que, a las dificultades que María Amalia siempre presentaba tras los nacimientos de sus hijos se unirían unas fiebres tercianas. 

No se interesaba la Reina por los asuntos de Estado -nada tenía que ver en esto con su suegra- era cariñosa con su esposo y sus diversiones se limitaban a la pesca y a las labores de bordado. Ponía, eso si, todo su empeño en dar a la Corona el ansiado varón y si para ello debía quedar en estado muchas veces, así lo haría. Pero ello no significaba que la muerte de sus hijas no la afectaran ni que su estado de salud, no demasiado bueno, se resintiera. Su carácter iría cambiando paulatinamente y  cualquier nadería la irritaba, por otra parte casi siempre se hallaba en estado de gestación y es de suponer que alguna culpa tendrían las hormonas en sus cambios de humor.

Por fin, el sexto embarazo dio como fruto un varón. Era el mes de Junio de 1747 cuando nacía Felipe - pues con ese nombre fue bautizado- y su nacimiento supuso una alegría inmensa que pronto se convertiría en tristeza y preocupación. Desde bien temprano sufriría el pequeño crisis epilépticas, nunca llegaría a hablar y su estado de imbecilidad motivaría que, tras dictamen médico, fuera incapacitado. Viviría treinta años y nunca saldría de Nápoles. Un año más tarde nacería otro varón, al que llamarían Carlos y que con el paso de los años se convertiría en el Rey Carlos IV de España.

Los embarazos se sucederían y aún tendría María Amalia seis hijos más después de este nacimiento, cuatro de los cuales serían varones. No es extraño que éste matrimonio fuera tan fecundo, si tenemos en cuenta el relato de Charles de Brosses " Me llamó la atención que en la cámara del Rey no existiera lecho alguno, porque éste se acuesta siempre con la Reina".

La salud de la Reina estaba muy quebrantada y fuera por esta causa o por los continuos embarazos su carácter, antes tan afable, fue volviéndose cada vez más agrio y ofendía a criados y cortesanos por igual, provocando que el Rey, haciendo gala de enorme cariño y de una gran paciencia, tuviera que aplacar a su esposa y contentar a quienes se sentían ofendidos por ella. 


María Amalia, Reina de España. A. Mengs. Museo del Prado

En 1759 fallecía en España y sin descendencia el Rey Fernando VI, por tanto D. Carlos pasaría a ocupar el trono con el nombre de Carlos III. Los esposos se trasladan a Madrid y en octubre de 1759 desembarcan en Barcelona.

El reinado de María Amalia en España duraría apenas un año. Su salud se quebraría definitivamente al pisar tierra española. A los problemas pulmonares, que desde hacía años sufría, con tos constante, se unirían la debilidad causada por los continuos embarazos y por las continuas sangrías con las que se trataba de aliviarla. A pasar de la larga lista de médicos españoles que la atendieron y de los que, como el Dr Pastorini, la acompañaron desde Nápoles, y a pesar también de todas las reliquias que se hicieron traer, la Reina fallecía el 27 de septiembre de 1760. Tenía 35 años. 

No está clara la causa de la muerte. Seguramente y dados los síntomas y su prolongada evolución su temprana muerte fue debida a una tuberculosis, pero tampoco puede descartarse un carcinoma broncopulmonar puesto que la Reina fumaba habitualmente tabaco habano. 

Sus restos reposan en el Panteón de Reyes del Escorial.

jueves, 30 de marzo de 2017

Leopoldo II de Bélgica







Cuando Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Gotha nace, en abril de 1835, su padre ya era rey de los belgas. Cinco años antes Bélgica había declarado su independencia de los Países Bajos y había ofrecido la Corona del nuevo Estado al padre de Leopoldo. 

Su educación fue la que correspondía a un príncipe heredero de la época. Nunca fue un estudiante brillante, aunque hablaba francés, inglés y alemán. Tuvo una especial formación militar, para lo cual ingresó en el ejercito belga, y además viajó por todo el mundo para formarse en política exterior.

A los 18 años se casó con Mª Enriqueta de Austria, siendo el suyo un matrimonio de conveniencia. Mª Enriqueta tenía 17 años y de ella solo se esperaba que diera hijos a la corona y el prestigio que el apellido Habsburgo pudiera dar a la recién estrenada monarquía belga. 

Una vez obtenidos los hijos deseados de su esposa - dos niñas y un varón - Leopoldo pasó a ignorarla por completo dejando el lecho conyugal que fue sustituido por el de varias amantes. 

En 1865 cuando apenas cuenta 30 años se convierte en Rey de Bélgica tras la muerte de su padre. Leopoldo era un hombre sumamente hábil y ambicioso y tenía un claro plan expansionista. 

Mª Enriqueta de Austria


Según la Dra María Misra, historiadora de la Universidad de Oxford, Leopoldo sentía un cierto complejo de inferioridad ante algunos miembros de su dinastía sobre todo ante su prima, la todopoderosa Victoria I, reina de Inglaterra y también ante su primo, el Kaiser Guillermo II. 

Por tanto desde que ocupó el trono su obsesión por obtener colonias se agudizó y se dedicó a ello como si se tratara de su principal objetivo. 

En 1869 un hecho luctuoso vino a desbaratar sus planes de futuro. El único hijo varón que había tenido con su mujer moría de neumonía al caer en una charca y permanecer mojado por algún tiempo.  
Leopoldo se desesperó porque no perdía solo a un hijo, perdía también al heredero. Con una absoluta falta de respeto obligaría a su esposa a compartir de nuevo el lecho conyugal hasta dejarla embarazada de nuevo. Mª Enriqueta dió a luz una niña y asqueada buscó refugio en la ciudad de Spa donde permanecería hasta su muerte. 

No tenía heredero pero seguía obsesionado con obtener su colonia. Henry Morton Stanley, uno de los grandes exploradores de la época despierta su interés. Stanley, al que se había encargado la búsqueda del Dr Livingstone, había seguido el curso del río Congo y Leopoldo empieza a considerar que ahí podía estar su deseada colonia. 

Para conseguirla funda en 1876 la Asociación Internacional Africana con el filantrópico objetivo, según decía, de descubrir zonas de Africa inexploradas y civilizar a los nativos. Esta asociación duró poco, pero sirvió para que la alta nobleza y los poderes económicos europeos aportaran dinero a tan generosa tarea. 

Henry Morton Stanley


En 1884, en Conferencia de Berlín, el rey Leopoldo se convertía en el propietario de un territorio 40 veces mayor que Bélgica y un año después nacía el Estado Libre del Congo del que Leopoldo se proclamó soberano absoluto. 

A partir de ese momento se desencadenaría el horror. Los agentes coloniales con el objetivo de obtener las máximas cantidades de caucho y marfil someten a la población a la explotación más absoluta. Se utiliza el chicotte, un látigo trenzado de piel de hipopótamo seca, y el castigo por no cumplir los objetivos podía llegar de los 30 a los 100 latigazos. Si a pesar de ello, al terminar la semana, los trabajadores no habían cumplido con la cuota asignada se les amputaba una mano. Otra de las prácticas habituales era tomar como rehenes a las mujeres y a los niños, que podían morir de inanición si el trabajador no conseguía cumplir con las cantidades de caucho que se le requerían. 

En la práctica el Estado Libre del Congo funcionó como un gran campo de concentración en el que los nativos eran salvajemente tratados con un único objetivo, enriquecer a Leopoldo. 



Algunas fuentes consideran que murieron unos 8 millones de nativos durante este periodo. 

En 1890 comienzan las primeras protestas internacionales sobre las prácticas del rey Leopoldo en el Congo. Edmund Dene Morel que trabajaba en una compañía naval y visitó el Estado Libre del Congo llevó a cabo una campaña contra las atrocidades que se estaban cometiendo en el territorio. Otra de las voces críticas fue George Washington Williams que consiguió publicar en el New York Herald, la lista de actos salvajes cometidos contra los nativos. Poco a poco el mundo fue un clamor contra lo que estaba sucediendo en el Congo. 

En 1908 el Gobierno belga se vio obligado a comprar el Congo a Leopoldo por 50 millones. El Estado Libre del Congo pasaría a convertirse en el Congo Belga y Leopoldo en un hombre todavía más rico. 

Leopoldo murió un año después de estos hechos, en 1909. Unos días antes se había casado con su última amante, cincuenta años más joven que él. 

Este depredador murió de una hemorragia cerebral, en su cama. No fue juzgado por los crímenes cometidos contra la humanidad y se le enterró con los honores propios de un rey.


sábado, 18 de marzo de 2017

Enrique III "el doliente"




Enrique III. Calixto Ortega Matamoros. 1848. Museo del Prado



Era el 4 de octubre de 1379 cuando el rey Juan I de Castilla anunciaba el nacimiento de su primer hijo, fruto de su matrimonio con Leonor de Aragón. El pequeño Enrique perdió a su madre tres años después de su nacimiento y fue su nodriza, Ines Lasso de la Vega, quien se ocuparía de él durante los primeros años. Más tarde sería un tutor, Juan Hurtado de Mendoza, el encargado de su cuidado y educación. 

Cuando contaba tan solo 9 años se le colocó en el tablero de las alianzas y los tratados. Para un rey de la Edad Media sus vástagos eran una importante moneda de cambio, así pues, Enrique, fue utilizado para poner fin al conflicto sucesorio castellano.

En 1388 se firmaba el tratado de Bayona. Fue firmado por su padre, Juan I, y por  Juan de Gante junto a su esposa Constanza de Castilla. En el tratado se comprometía el matrimonio de los descendientes de ambas lineas. Juan I ofrecía a Enrique, su sucesor,  y Constanza y su esposo a su hija Catalina de Lancaster. De este modo y, tras el pago de una sustanciosa cantidad en metálico y alguna otra concesión por parte de Juan I, Constanza y su esposo renunciaban a sus derechos al trono de Castilla. 

En marzo de ese mismo año en la catedral de Palencia contraían matrimonio un niño de nueve años y una joven de quince. Desde ese mismo momento les fue otorgado el título de Príncipes de Asturias como herederos de la Corona y serían ellos los primeros en llevarlo. A pesar de la premura de la ceremonia religiosa - para cumplir con el Tratado - parece ser que el matrimonio no se haría efectivo hasta la fecha en la que Enrique cumpliera catorce años. 

Corría el mes de octubre de 1390 cuando Juan I encontró la muerte al caer de un caballo y Enrique fue proclamado Rey. La minoría de edad del nuevo Rey desató las ambiciones de muchos nobles que se creían con derecho a ejercer la Regencia y entre tanto revuelo el inteligente arzobispo de Toledo, Juan Tenorio - en quien Juan I había depositado toda su confianza - logró imponerse.

Según nos cuenta el cronista Pedro López de Ayala, el arzobispo convocó Cortes en Madrid, y a esa convocatoria acudieron las principales figuras de la alta nobleza castellana y los parientes del Rey que se creían con derechos a ejercer la regencia. Como nadie se ponía de acuerdo se busco la solución constituyendo un Consejo de Regencia. Estaba éste formado por 24 miembros, once de los cuales pertenecían a la nobleza y el resto eran representantes de las ciudades. Fue precisamente esta disparidad de consejeros y de intereses lo que conduciría al fracaso del Consejo.

Esta lucha de poderes y el vacío de autoridad tendría consecuencias. La violencia se instalaría en las calles y la situación de Castilla se tornaría catastrófica. En Sevilla se iniciarían los asaltos a la judería y la matanza de sus miembros y esta situación, como si de un reguero de pólvora se tratase, se extendería por todo el Reino. Ante este panorama eran muchos los que clamaban para que Enrique III se hiciera cargo del Reino.

El 2 de agosto de 1393 Enrique fue declarado mayor de edad y asumió la responsabilidad de gobernar. Tenía catorce años.

Catalina de Lancaster

Según cuenta Juan de Mariana el rey tenía un rostro agraciado, era bien hablado, elocuente y extremadamente prudente. Le gustaba escuchar, probablemente porque ello le permitía tener información de cuanto acontecía y conseguir de ese modo un mejor gobierno. 

Como primera medida el nuevo Rey convocó a las Cortes en Madrid. Enrique era consciente de que tenía dos grandes problemas, por una parte debía lidiar con las ambiciones de la alta nobleza castellana que luchaban por acrecentar su poder y su patrimonio y por otra debía hacer frente y frenar la escalada de violencia que se había desatado contra los judíos quienes, además, aportaban gran cantidad de riquezas a las arcas del Rey. 

Buscó el apoyo en la nobleza secundaria, se rodeó de ellos y los encumbró de tal forma que todos cerraron filas en torno a su Rey poniendo freno a las ambiciones de muchos de los parientes del Monarca que amenazaban con desestabilizar el Reino. Acabó por debilitar el poder de la alta nobleza cuando potenció la figura de los corregidores, encargados de representar al Rey en los consejos. Por otra parte emitió varios edictos prohibiendo el uso de la violencia contra los judíos llevando, de este modo,  un poco de paz y tranquilidad a los habitantes de las juderías. 

El matrimonio ya se había consumado pero los hijos tardaban en llegar y la salud de Enrique empezaba a deteriorarse. Nos cuenta Fernán Pérez de Guzmán que cuando el Rey contaba diecisiete o dieciocho años "tuvo muchas y grandes enfermedades que dañaron y enflaquecieron su cuerpo, que le afearon el semblante" y que " Ca, con el trabajo e afliçion de la luenga enfermedad fizose muy triste e enojoso". El profesor Veas con la ayuda de la doctora Costa Guirao llegaría a la conclusión de que Enrique debió padecer alguna enfermedad, probablemente neurológica, que sería de evolución lenta pero con cuadros clínicos cada vez más frecuentes y con gran deterioro orgánico en cada uno de ellos. 

Muchos fueron los médicos que trataron a Enrique durante su larga enfermedad, aunque su médico personal fue el converso Alfonso Chirino quien nos deja testimonio en sus escritos del fracaso de de los remedios que se dispusieron para mejorar la débil salud del Rey, algunos de ellos verdaderamente curiosos: "rico letuario con esmeraldas molidas, que costó cada peso dél veynte pesos de oro e fue fecho para el noble rey Don Enrique, de buena memoria". No obstante en ninguno de esos testimonios hace un diagnóstico de las dolencias padecidas por el Monarca. También le atenderían el boloñés Pietro da Tossignano que vino a España hacia 1400 y que, según el mismo Chirino, fue retribuido espléndidamente y los judíos Mosseh Aben-Zarzal y Mayr Alguadex. 




El carácter de Enrique iba cambiando. Se volvió huraño y desconfiado conforme la enfermedad hacía mella en él pero, a pesar de sus sufrimientos, no descuidaba sus labores de Estado y  continuaba con la tradicional itinerancia regia, visitando los distintos pueblos de Castilla. 

No se conformaba Enrique con mantener su Reino en paz y los límites del mismo protegidos, en el año 1400 mandaría una escuadra a la ciudad de Tetuán, que por encontrarse en aquel entonces infestada de piratas, constituía una dificultad añadida al comercio marítimo castellano. Cuatro años después financiaría el proyecto de la conquista de Canarias que le habían presentado Juan de Béthencourt y Gadifer de la Salle, aceptando su vasallaje. 

La descendencia empezaba a llegar y en 1401 su esposa daría a luz a María, la primera de las hijas del matrimonio y dos años después nacería la segunda, Catalina. Por fin en 1405 nacía en Toro un varón. No estuvo presente el Rey en su nacimiento, ya que se encontraba en Alcalá de Henares, siendo allí donde recibiría la feliz noticia. 

En 1406 el reino nazarí de Granada había roto el pacto de paz y había invadido Murcia. Enrique, a pesar de que su estado físico era cada vez peor, se vería en la obligación de presentar batalla. Consideraba Enrique que para dar por terminado el conflicto de Granada era necesario un gran ejercito y para obtenerlo necesitaba financiación. Así pues, convocó Cortes en Toledo, y una vez éstas dieron la conformidad a sus planes y el dinero necesario para ello, Enrique se dispuso a iniciar los preparativos. Preparando esta guerra lo encontró la muerte. 

La salud de Enrique se había ido resintiendo todavía más en los últimos meses siendo su debilidad extrema. A finales de diciembre el Rey siente que el fin se aproxima y otorga testamento señalando en él que el heredero del trono debía ser su hijo Juan, de apenas año y medio. Dos días después concretamente el 25 de diciembre el Rey moría en Toledo a los veintisiete años de edad. 

La causa de su muerte la ignoramos, ni los galenos que le trataron ni López de Ayala ni Jerónimo Zurita han dejado testimonios que nos permitan una aproximación diagnostica, no obstante A. Ruiz Moreno considera que: "su muerte en plena juventud, a los 27 años; el comienzo de sus enfermedades a los diecisiete años: su delgadez y debilidad, su mal color y su carácter melancólico e irritable nos autorizan a pensar que Enrique III fue tuberculoso y murió a causa de dicha enfermedad". Una afirmación muy categórica que parece no tener en cuenta otros factores como los cambios en su rostro y las dificultades en el lenguaje que cita Perez de Guzman. 

Recibió sepultura en la capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.




jueves, 2 de marzo de 2017

Victoria Luisa de Prusia, la hija del último Kaiser




Victoria Luisa de Prusia. Laszló


Si con alguien desplegó ternura el káiser Guillermo II fue con Victoria Luisa, la séptima y última de sus hijos y también la única niña. La criatura había nacido el 13 de septiembre de 1892 y después de seis varones a sus progenitores les ilusionó su llegada al mundo. 

Por lo que sabemos y por lo que ella misma contó, su infancia fue feliz. El matrimonio de sus padres gozaba de armonía, el carácter violento y poco tolerante de su padre era compensado por la sumisión de su madre. La princesa Augusta Victoria de Holstein-Sonderburg-Augustenburg, no osaba opinar de modo diferente al de su esposo, lo que hacía que las relaciones matrimoniales fueran sumamente pacíficas.

Sus hermanos - como correspondía al espíritu prusiano - fueron educados bajo una estricta disciplina militar pero, según el Kaiser, a Victoria Luisa solamente había que educarla como a una princesa y por tanto pasó de Annie Topham, una nany que le enseñó a hablar en perfecto inglés, a una profesora alemana, Elisabeth von Salern, que le enseñó lo que se consideraba que una princesa debía saber. No obstante, y tal vez por haber sido educada entre varones, era una gran deportista, le gustaba caminar, esquiar y era una buena amazona. 

 Victoria Luisa y Guillermo II


Toda la rudeza con la que el káiser trataba a sus hijos varones se diluía en mimos cuando se trataba de "su niña". Todos sus caprichos era satisfechos al momento hasta el punto de hacer de ella una niña bastante malcriada. El historiador Justin C. Vovk dice que Victoria Luisa era inteligente como su abuela paterna, la Emperatriz Victoria, digna como su madre e imperiosa como su padre. 

En 1912 conocería al hombre de su vida aunque para ello tuvo que suceder un terrible acontecimiento. El hijo mayor del duque de Cumberland, Jorge de Hannover, había fallecido como consecuencia de un accidente de automóvil. Las familias Hohenzollern y Hannover mantenían una enemistad desde que, como consecuencia de la unificación alemana, los Hannover perdieron gran parte de su patrimonio. 
Al enterarse del triste suceso, Guillermo II enviaría sus condolencias a los duques y éstos en un intento de limar asperezas enviarían a su hijo Ernesto Augusto a Berlin para expresar su agradecimiento al Kaiser. 

Ernesto Augusto III de Hannover


El amor entre Victoria Luisa y Ernesto surgiría de manera espontánea y desde el primer momento en que se vieron. El Kaiser Guillermo, incapaz de negarse a ningún deseo de su querida niña accedería al matrimonio. No obstante, algunos historiadores como Eva Giloi afirman que Guillermo II deseaba, desde hacía años, acabar con el conflicto entre las dos familias y que ésta y no la satisfacción de Victoria Luisa fue la razón por la que accedió. 

La boda se celebró en Berlin el 24 de mayo de 1913 y supuso el acontecimiento social más importante de la realeza antes de que Europa se tiñera de sangre. Todos los monarcas europeos se dieron cita en ella y se dice que para transportar los regalos de boda fueron necesarias varias camionetas. Entre los regalos destacaba la tiara prusiana - tantas veces lucida por los distintos miembros de la familia real española - regalo de su padre, Guillermo II. 

Tras la corta luna de miel se instalaron en Brunswick en el castillo de Blankenburg donde nacería su primer hijo antes de haberse cumplido el primer año de matrimonio. Después vendrían cuatro más, todos varones excepto una niña, Federica, abuela materna del rey Felipe VI de España. 


La tranquilidad duraría poco, apenas un año después de su boda estallaba la Primera Guerra mundial. Ernesto Augusto lucharía del lado de los alemanes llegando a ser general de división. Al finalizar la contienda Brunswick sería declarado Estado Libre perteneciente a la República de Weimar. Ernesto Augusto se vio en la obligación de abdicar.

La familia llegaría a temer por su vida y en noviembre de 1918 abandonan Brunswick, por la noche y en tren, dirigiéndose a Austria, a la población de Gmunden. Allí, en la villa Weinberg, fijaran su residencia. Poco después el gobierno británico suspendería el Ducado de Cumberland por haber pertenecido Ernesto Augusto al ejercito alemán. No obstante continuaría ostentando la jefatura de la Casa de Hannover hasta su fallecimiento. 

Unos años después a la familia se le permitió volver a Alemania y se instalaron en Blankenburg. Aunque Ernesto Augusto no simpatizaba con el movimiento nazi se sentía obligado a guardar sus sentimientos y aparentar una cordialidad que no sentía por la tranquilidad de su familia. Lo cierto es que, fueran cuales fueran las razones, sus tres hijos mayores vistieron el uniforme de las Juventudes Hitlerianas.

La primera en casarse fue su hija Federica y lo hizo en enero de 1938 en Atenas. Con el tiempo llegaría a ser reina de Grecia. Un año después estallaba la Segunda Guerra Mundial. 

Victoria Luisa y su esposo siguieron viviendo en Blankenkurg hasta el final de la contienda en 1945. El miedo a las tropas soviéticas que avanzaban les hizo emprender de nuevo la huida. Se instalaron en el castillo de Marienburg en la población de Pattensen en Hannover, que era zona inglesa. Dado que Ernesto Augusto era primo del rey del Reino Unido, consideraron que allí estarían seguros.

Victoria Luisa con su esposo e hijos


Victoria Luisa pasó los siguientes años ocupada en las obras de restauración del castillo que llevaba años sin haber sido ocupado. Era una mujer enérgica y de gran personalidad, seguía siendo muy deportista y a pesar de ser considerada una de las últimas figuras de la Belle Epoque, no se pasaba los días de fiesta en fiesta, todo lo contrario, muchas fueron las obras sociales en las que se involucró, entre otras en una fundación que organizaba vacaciones para los hijos de los obreros. 

 En 1953 murió su esposo y empezaron unos años difíciles para Victoria Luisa que entró de lleno en conflicto con sus hijos por temas monetarios. Todos los hijos hicieron causa común para lograr repartir, cuanto antes, el patrimonio dejado por Ernesto Augusto, llegando incluso a desalojarla del castillo. Victoria Luisa se trasladaría a vivir a Riddagshausen 

Durante los años siguientes la relación con sus hijos continuaría siendo mala y debido a ello cuando en 1962 su nieta Sofía, que llegaría a ser Reina de España, se casó en Atenas, no fue invitada a la boda. Curiosamente la entonces princesa Sofía, sujetaba su velo de novia con la tiara prusiana que Guillermo II había regalado a Victoria Luisa el día de su boda y que ésta dejó a su hija Federica el día en que ésta se casó. 



A partir de 1965, Victoria Luisa empieza a escribir y llegaría a publicar siete libros sobre su vida y vivencias, manteniéndose activa y deportista durante estos años de su vejez. 

En septiembre de 1980 sufriría un cuadro compatible con una esclerosis cerebral por lo que tuvo que ser ingresada en el hospital Friederikenstift, de Hannover. En este hospital fallecería el 11 de diciembre como consecuencia de una neumonía. 

Los funerales se celebraron en la Catedral de Brunswick y a ellos asistirían representantes de las Casas reinantes europeas. Su nieta la reina Sofía asistió junto a su hija Elena y junto a su madre Federica de Grecia.

Fue enterrada en el mausoleo de los Reyes de Hannover en Herrenhausen, junto a su esposo.

martes, 21 de febrero de 2017

Leonor de Castilla, Reina de Inglaterra







Poco se sabe de su nacimiento, ni la fecha exacta ni el lugar. Parece claro que nació en 1241 aunque se desconoce el día y el mes, y se supone que lo haría en Burgos. Lo que si está claro es que era hija de Fernando III de Castilla y de su segunda esposa Juana, condesa de Ponthieu y era por tanto hermanastra de Alfonso X "el Sabio".

Probablemente y a tenor de los intereses y aficiones que demostró durante su vida, Leonor no solo crecería en un ambiente culto, sino que sería educada con un nivel de enseñanza mucho mayor que el de las princesas medievales de su época.

En la Edad Media no todo se resolvía con guerras y la política matrimonial jugaba un papel importante para lograr la armonía de los distintos Reinos y, como consecuencia de éste juego, la vida de la princesa cambiaría. 

El hermanastro de Leonor, Alfonso X "el Sabio", reclamaba a Inglaterra los territorios de la Gascuña francesa que, según consideraba, le correspondían por herencia.El rey inglés, Enrique III, no deseaba devolver a Castilla los territorios reclamados y tampoco deseaba una confrontación bélica con el rey castellano de modo que optó por la política matrimonial. 

Envió a Castilla una delegación encabezada por su primogénito, el príncipe Eduardo, con la misión de conseguir un acuerdo matrimonial entre la hermanastra de Alfonso X, Leonor, y el propio príncipe. El acuerdo conllevaba la renuncia del rey castellano a los territorios de Gascuña. El acuerdo se firmó y por tanto había que cumplir con lo pactado. 

En 1254, año en que se desarrollan los hechos, la capital del Reino estaba en Burgos y en el Monasterio de las Huelgas de ésta capital se celebra el matrimonio el 18 de octubre de ese mismo año. Leonor contaba trece años y Eduardo quince. No sabemos si el amor surgió desde el primer momento pero si sabemos que se amaron profundamente y que su matrimonio fue feliz. 

Monasterio de las Huelgas

Leonor era una joven esbelta y dulce pero con una enorme personalidad, mucha energía y extremadamente inteligente como demostraría a lo largo de su vida. 

Llegó a Londres en octubre de 1255 y no fue bien recibida por los ingleses. Acompañaba a Leonor un séquito de más de 200 personas y un ajuar repleto de cosas a las que los ingleses no estaban acostumbrados. 

Leonor introdujo el lujo en el palacio. Llenó sus aposentos de alfombras y tapices y su mesa de fina vajilla para asombro de  la nobleza inglesa que no estaba acostumbrada a tal elegancia. Lógicamente seria pronto imitada. Revolucionó el diseño de jardines, haciendo que el agua y las fuentes formaran parte de ellos. 

No fueron éstas las únicas cosas en las que influiría. Dada la educación que había recibido de la erudita corte de la que procedía, la promoción y producción de manuscritos y de obras de romance y de historia vinieron de su mano y creó y dirigió su propio scriptorium en el que trabajaban cuatro escribas y al menos un iluminador que copiaba los códices. Se sabe que intercambió algunos libros con su hermano Alfonso X y existe una carta datada de 1286 en la que Leonor da las gracias al abad de Cerne por haberle prestado un libro de ajedrez. 

También patrocinaría la orden de Santo Domingo apoyando su trabajo en las universidades de Oxford y Cambridge. Todo esto resultaba algo insólito en la Europa del medievo.

Desde que llegó a Inglaterra empezaría a tener hijos a pesar de su juventud, llegando a tener quince de los cuales tan sólo seis llegarían a la edad adulta y todo ello mientras acompañaba a su esposo en sus lances y batallas. 

Eduardo y Leonor. Manuscrito del siglo XIV


Estaría al lado de su esposo durante la campaña de éste en Gales en 1263 y también iría con él a Francia donde solicitarían la ayuda del rey francés para librar con éxito, la Segunda Guerra de los Barones en Inglaterra. 

Cuando el 20 de agosto de 1270 Eduardo zarpa del puerto de Dover con un ejercito de 1000 hombres para unirse al rey francés Luis IX en lo que sería la Novena Cruzada, Leonor lo acompaña. Los hijos quedarían al cuidado de los abuelos. 

En 1272 muere el padre de Eduardo, Enrique III. Eduardo y su esposa se encontraban inmersos en las batallas de la Cruzada y no pisaran suelo inglés hasta 1274. Unos días después de su llegada Eduardo es coronado Rey de Inglaterra. 

Los nuevos reyes se encontraron con una maltrecha economía. Las continuas guerras habían dejado exhaustas las arcas de la Corona y entonces Leonor demuestra que entre sus muchas dotes está la de ser una hábil mujer de negocios. Con el beneplácito de su esposo y para que los gastos de su Casa y de su enorme familia no salieran del erario público pone en práctica un sistema mediante el cual lograría recaudar fondos. 

El método utilizado en esta actividad económica consistía en averiguar qué señoríos habían adquirido deudas con algún prestamista poniendo sus tierras como fianza. Cancelaba la deuda, se convertía en dueña de las tierras y exigía a los antiguos propietarios el pago de una renta convirtiéndolos así en sus inquilinos.

No parece que el método gustara mucho a los dueños de los señoríos si tenemos en cuenta lo escrito por Walter de Guisborough en su crónica sobre esos años : El rey desea tomar nuestro oro / la reina, nuestros señoríos,. El Arzobispo de Canterbury, John Peckham, advirtió a Leonor sobre la impopularidad de esas prácticas y las protestas que se estaban generando. Parece ser que la Reina tuvo en cuenta lo dicho por el Arzobispo y hay registros de indemnizaciones ordenadas por ella ante antiguas reclamaciones que se le habían hecho e incluso se sabe que, en su lecho de muerte, Leonor pidió a los jueces que examinaran las actividades de sus encargados y procedieran, si así lo consideraban, a las reparaciones oportunas. 

Leonor sigue acompañando a su esposo en casi todas sus empresas. Acude con él a Gales cuando se firma la unión del Principado a la Corona de Inglaterra y allí, en 1284, nacería su último hijo, el que un día sería coronado como Eduardo II

Castillo de Caenarfon. Gales


Las primeras noticias de una enfermedad de Leonor datan de 1287, cuando encontrándose los Reyes en Gascuña un miembro de la comitiva real escribe que la Reina sufría fiebre doble cuartana lo que ha hecho pensar a los historiadores modernos que se trataba de malaria. 

Su salud no volvería a estar restablecida y sus jornadas de viaje junto al Rey van haciéndose cada vez más cortas. En 1290 inicia junto a su esposo una gira por las propiedades del norte pero su salud empeora y se ven obligados a detener su viaje y buscar alojamiento en la casa de Richard de Weston en la localidad de Harby en Nottinghamshire. Leonor moriría allí durante la noche del 28 de noviembre de ese mismo año. Tenía 49 años de los cuales 36 los había pasado junto a Eduardo. 

Eduardo, roto por el dolor mandaría trasladar su cuerpo a Lincoln donde seria embalsamado, dejando sus vísceras bajo el Coro del Ángel de la Catedral de esta ciudad. 

Desde allí el cortejo fúnebre se dirigiría hacia Londres tardando doce jornadas en el recorrido. En cada uno de los lugares en los que el cortejo se detuvo el rey Eduardo hará levantar una cruz en recuerdo de su amada esposa, doce en total que son conocidas como Eleanor Crosses. De ellas tan solo tres han permanecido intactas pero existen restos de las demás. Las estatuas originales que quedaban de la reina Leonor fueron sustituidas y trasladadas en 1980 al Museo Victoria & Albert.


Eleanor Cross. Charing Cross


La última cruz se levantaría en Charing Cross, en el punto que era considerado como el kilometro cero de Londres. Esta cruz, que fue la más rica y estaba construida en mármol, seria destruida en el siglo XVII durante la guerra civil, y dos siglos después sería construida una replica de la misma. 

Los restos de Leonor fueros depositados en Westminster Abbey el 17 de diciembre de 1290.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Isabel de Farnesio





Isabel de Farnesio. Jean Ranc. Museo del Prado


El 14 de febrero de 1714 fallecía en Madrid María Luisa Gabriela de Saboya, primera esposa de Felipe V, dejando al Rey sumido en la tristeza y con una apatía todavía mayor de la que le era habitual. En estas circunstancias, Marie-Anne de La Trémoille princesa de los Ursinos - que había acompañado a Felipe hasta España por expreso deseo de Luis XIV- y Camarera Mayor de la corte, se había adueñado totalmente de la voluntad del Rey. Consideraba Marie-Anne que, dada la fogosidad sexual del Monarca, había que buscarle nueva esposa cuanto antes y para elegirla buscaría el consejo de Gulio Alberoni un clérigo, secretario del duque de Vendôme, y con grandes aspiraciones.

Alberoni sugeriría como candidata a Isabel de Farnesio alegando que : " es una princesa sumisa, obediente, sin deseos de mando". Esta descripción fue suficiente para que la princesa de los Ursinos la considerará la mujer ideal para ser la futura reina de España y un objeto manejable en sus manos y tanta fue su seguridad que se olvido de informar de su decisión, como era lo habitual, a Luis XIV. La candidata tenía, a ojos de Marie-Anne y de Felipe V, otro atractivo añadido: traía como dote los derechos sucesorios al Ducado de Parma que le daban la posibilidad de acabar añadiendo el ducado a la Corona de España. 

Cuando estos hechos suceden Isabel, que había nacido el 22 de octubre de 1692, estaba a punto de cumplir los 21 años. Era hija de los Duques reinantes de Parma y sobrina de Mariana de Neoburgo, la Reina viuda de Carlos II que vivía desterrada en Bayona. El duque de Saint-Agnau define a la futura reina de España como alta y bien formada aunque las huellas que en su rostro ha dejado la viruela le han restado muchos encantos y Luciano de Taxonera dice que Isabel era: " viva, intrépida, astuta, versada en idiomas, gustosa de la politica, aficionada a la historia y preocupada por todas las actividades artísticas e intelectuales". 

Felipe V. Jean Ranc. Museo del Prado

En septiembre, y por poderes, Isabel y Felipe contraen matrimonio y la ya Reina emprende el camino hacia España. Durante su viaje recibirá la visita de su tía Mariana de Neoburgo, que desde Bayona acudirá a la localidad de Saint-Jean-Pied-de-Port para pasar con ella dos días. Durante ellos la pondrá al corriente de las costumbres de los españoles, del carácter de Felipe V y sobre todo la pondrá en contra de la princesa de los Ursinos, a quien Mariana atribuye su destierro. Por su parte Isabel prometerá hacer todo lo posible para conseguir el regreso de Mariana a la corte. 

En diciembre llega por fin a España la nueva reina y al municipio de Jadraque sale a recibirla la princesa de los Ursinos. Marie- Anne acude al encuentro dispuesta a demostrar que ella es uno de los pilares del Reino y como considera que para adueñarse de la voluntad de Isabel es mejor un buen golpe de audacia que una actitud sumisa la toma por la cintura y le dice " cielos señora que cintura tan gruesa". Isabel palidece ante tamaña afrenta y en perfecto castellano ordena al oficial jefe de la guardia: " llevaos de aquí a esta loca que ha osado insultarme"
Ese fue el final de Marie-Anne de La Trémoille princesa de los Ursinos. Isabel daría en ese mismo momento la orden escrita de destierro y sin darle tiempo a recoger sus cosas en Madrid ni tan siquiera a despedirse del Rey, la princesa, acompañada por cincuenta soldados, fue depositada en la frontera con Francia. Aquella candidata a reina sumisa, obediente y sin deseos de mando le había ganado la partida en la primera jugada.

En Guadalajara la esperaba Felipe V y antes de que el Rey se recuperara del asombro que lo acontecido con la princesa de los Ursinos le había producido, ya se había celebrado la misa de velaciones y ya se había metido Isabel en su cama, lo cual le haría olvidar rápidamente a la que durante tantos años fuera su consejera. A petición de Isabel ratifica el Rey el destierro de Marie-Anne y de todos sus colaboradores. 


Felipe V e Isabel de Farnesio. L.M. van Loo. Museo del Prado   


Los madrileños se habían encariñado con María Luisa Gabriela de Saboya y con sus hijos y en la comparación Isabel salía perdiendo, todos la encontraban fea, estirada y con cara de madrastra mala. Despectivamente empezaron a llamarla la partisana. 


A los seis meses de la boda ya había quedado Isabel embarazada, cosa por otra parte bastante lógica si tenemos en cuenta que a los esposos les costaba abandonar el lecho conyugal y que incluso llegaban a despachar los asuntos de Estado desde la cama. Hubo quien dijo que el verdadero trono de Isabel era el tálamo y que desde él gobernaba a su esposo y al Estado. 

Isabel, era consciente de que la Corona de España tenía ya herederos y que estos eran los hijos varones habidos por el Rey con su primera esposa, María Luisa. También era consciente de que su primera obligación como Reina era dar más hijos al Monarca y estuvo dispuesta a hacerlo. Pero también tenía una ambición y a ésta dedicaría gran parte de sus esfuerzos, Isabel deseaba, sobre todas las cosas, conseguir tronos en los que poder sentar a sus hijos. 

El primer hijo de Isabel nacería en enero de 1716 y recibiría el nombre de Carlos. No sería el único pues a pesar de la deteriorada salud mental del Rey, sus obsesiones sexuales le seguían esclavizando e Isabel sabía como manejar esos asuntos en la alcoba. Siete hijos llegarían a tener, aunque uno de ellos moriría al poco de nacer. 

Desde el principio de su matrimonio Isabel solía acompañar al Rey en todas sus actividades, incluida la caza, que llegaría a gustarle mucho. Ambos habían sido educados en el amor hacia el arte y la cultura y gracias a ello dejaron a los españoles un importante legado: El Palacio Real de la Granja de San Ildefonso, el Palacio Real de Madrid, las reformas y engrandecimiento del Palacio de Aranjuez y también la fundación de la Real Academia Española y La Real Academia de la Historia. 

Felipe V sufría frecuentes episodios de melancolía y tristeza por lo que dejaba prácticamente el gobierno en manos de su esposa y de Alberoni. Se hicieron muchas reformas en política interior pero lo que realmente interesaba a Isabel era la política exterior, obsesionada como estaba en conseguir tronos para sus vástagos. 

Luis I. Jean Ranc. Museo del Prado


Tal vez a causa de su enfermedad o quizá porque Felipe V albergaba el deseo y la ambición de reinar en Francia si Luis XV fallecía de forma prematura, el 10 de enero de 1724 se firmó un decreto por el que Felipe abdicaba en su hijo Luis. 

Isabel y Felipe se habían retirado al Palacio Real de la Granja pero ocho meses después Luis I fallecería víctima de la viruela y lo haría sin descendencia. Isabel que poseía una gran habilidad política se las ingenio para que su marido volviera a ocupar el trono. 

Isabel era una avispada política pero también una mujer con suerte de tal manera que, por los distintos tratados y pactos que en el tablero de la política europea se firmaban, obtendría el Reino de Nápoles y Sicilia, en cuyo trono sentaría a su hijo Carlos. Por el mismo tipo de pactos obtuvo el Ducado de Parma que paso a ser regido por su hijo Felipe. Poco a poco Isabel iba alcanzando sus objetivos.

La enfermedad del Rey se hacía cada vez más manifiesta, los brotes de la misma eran cada vez más frecuentes y finalmente fallecería en julio de 1746. El único hijo que queda de su matrimonio con Maria Luisa Gabriela de Saboya será el nuevo rey de España con el nombre de Fernando VI

La relación de Isabel con sus hijastros no había sido ni buena ni mala, simplemente se ignoraban. Con la mujer de Fernando, Bárbara de Braganza, se llevaba francamente mal y como además la Reina viuda era incapaz de permanecer al margen de los asuntos políticos fue desterrada al Palacio de la Granja.

Isabel va a conocer la muerte de su nuera Bárbara y poco tiempo después la de su hijastro Fernando VI sin descendencia. Por tanto su hijo Carlos pasaría a ocupar el trono de España con el nombre de Carlos III. 

Carlos III. Anton Rafael Mengs. Museo del Prado


Han pasado los años, Isabel está casi ciega y llena de achaques. Su obesidad la obliga a ser ayudada por dos personas para cualquier actividad incluso, para sentarse o acostarse pero ha conseguido casi todo lo que ambicionó en la vida. Ha sido Reina dos veces y, pese a parecer imposible, ha conseguido que su hijo Carlos ocupe el trono de España, que su hijo Felipe ocupe el ducado de Parma y que el último de sus hijos varones se convierta en Cardenal. En cuanto a sus hijas una es Reina de Portugal, otra Reina de Cerdeña y otra, muerta prematuramente, fue esposa del Delfin de Francia. 

La muerte le sobrevino cuando contaba 73 años y su último deseo fue ser enterrada junto a su esposo en la colegiata del palacio de la Granja.