martes, 25 de julio de 2017

Eulalia de Borbón, Infanta de España


Eulalia de Borbón - Giovanni Boldini



En la madrugada del día 12 de febrero de 1864 la reina Isabel II alumbraba en el Palacio Real a la última de sus hijas. Se le impondría el nombre de Eulalia ( por ser la santa del día de su nacimiento) y una larga lista de otros nombres, continuando así con la costumbre de la Casa Real española.

 Eulalia contaba apenas cuatro años cuando en España se desató " La Gloriosa", la revolución que traería como consecuencia el exilio de la reina y de su familia. Se trasladaron a Paris, instalándose en el palacio Basilewsky, que, dado el casticismo de Isabel II, fue rebautizado de inmediato pasando a llamarse palacio de Castilla.

Eulalia y sus hermanas ingresaron en el colegio del Sagrado Corazón, y la infanta guardaría de él muy gratos recuerdos. La etiqueta era, lógicamente, menor que en Madrid y esa libertad de la que gozaba la rememora Eulalia en sus memorias escribiendo que "todo era fácil, alegre y grato en aquel París risueño del último periodo imperial". 

Cuando se produjo la restauración de los Borbones en el trono español, Eulalia tenía 11 años. Su hermano Alfonso regresó a España pero tanto ella como su madre y hermanas - excepción hecha de la Infanta Isabel que, al ser la mayor, sería nombrada Princesa de Asturias - permanecerían en París ya que, no serían autorizadas a pisar suelo español hasta un año después.

A pesar de sus pocos años, Eulalia aparecía como la más guapa de las hermanas. Era rubia de ojos claros y tez blanca, tenía una hermosa figura y demostraba, ya en aquellos años, una gran sencillez y un cierto carisma.

Eulalia con Isabel II y sus hermanas


La vida transcurría para Eulalia entre Sevilla y Madrid y la experiencia del regreso a la Patria no parece que fuera de su agrado, acostumbrada como estaba a una vida más libre y con mayores distracciones. La propia Eulalia confesaría que no tenía amigas con las que divertirse.

La destronada Isabel II había regresado a Paris y Eulalia y sus hermanas, instaladas en el Palacio Real, habían visto casar a su hermano con Mª de las Mercedes de Orleáns, quedar viudo de ésta y volver a contraer matrimonio con Dª Cristina de Habsburgo.

Cuando la segunda boda de su hermano se celebra Eulalia tenía 15 años y por razones de etiqueta no podía asistir a los saraos que se celebraban pero, fue justamente durante esta boda cuando tuvo lugar el primer escarceo amoroso de la Infanta.

El Archiduque austriaco Carlos Esteban, hermano de María Cristina, acudió a Madrid para la boda y parece ser que Eulalia, según nos cuenta ella misma, al ver lo apuesto que era quedó vivamente impresionada. Sin pensarlo dos veces, y desobedeciendo las ordenes de su hermano el Rey, acudió a su encuentro y entre ambos surgió el flechazo. Aquel primer amor se diluyó tan rápidamente como había surgido, pero da cuenta del indómito carácter de la Infanta.

Eulalia se sentía como una extranjera en España, su espíritu liberal chocaba de frente con el encorsetamiento de las damas españolas y su exacerbado catolicismo. Por otra parte las relaciones con su hermana Isabel eran francamente malas, las separaban diez años y un modo de entender la monarquía diametralmente opuesto.

En Sevilla conocería Eulalia a otro de sus amores juveniles: Carlos de Portugal, heredero a la Corona lusa. A pesar de que ambos se enamoraron no entraba en los planes de Eulalia convertirse en Reina y rechazó al pretendiente aunque, según José Mª Zabala, se convirtieron en amantes y parece ser que esta relación perduraría hasta que en 1907 se produjo la muerte de D. Carlos.

Como ocurría siempre, las razones de Estado imperaban y el Rey ya tenía pensado el candidato que convenía a la Corona española como marido de Eulalia. El elegido era Antonio de Orleáns y Borbón, hijo de los duques de Montpensier y por tanto su primo carnal. No era del agrado de Eulalia pero cuando Alfonso XII, ya mortalmente enfermo, pide a la Infanta que acepte el compromiso ella, conmovida por la inminente muerte de su hermano, prometerá hacerlo.


Antonio de Orleáns y Borbón

No le quedaría mas remedio que cumplir su promesa. La presión de su madre y de su hermana Isabel serían más fuertes que su deseo de rechazar al novio y la boda se celebró el 5 de marzo de 1886 en el Palacio Real de Madrid.

Ninguno de los dos estaba enamorado y el carácter de ambos era completamente distinto. Eulalia era inteligente, cosmopolita e independiente y Antonio un hombre excéntrico, amante del lujo, mujeriego y de limitada inteligencia.
 Desde el momento en que Eulalia se convirtió en una mujer casada se le empezaron a encomendar tareas de representación y comenzó su etapa viajera. Estaba presente en todas las cortes europeas junto a su esposo pero, a pesar de que los hijos habían comenzado a llegar el matrimonio hacía aguas. Antonio de Orleans tenía sus amantes y Eulalia no le iba a la zaga y también tenía los suyos. De entre ellos quizás el más conocido, en aquella época, fuera el conde francés Jorge Jamentel.

En los periodos entre viajes Eulalia regresaba a Madrid, lugar que detestaba y donde no encontraba ningun aliciente. La regente, Mª Cristina, era una viuda triste y con su hermana Isabel jamás se había llevado bien. En 1893 realizó, representando a España, un viaje por Estados Unidos y Cuba, tal vez, el más emblemático y conocido y también el más comprometido.

Eulalia y su esposo dejaron de aparecer juntos en 1895, aunque hasta cinco años después no se produjo la separación oficial. Fue la propia Eulalia quien la solicitó al darse cuenta que la suma de dinero que recibía del Estado español como Infanta y que era administrada por su esposo, disminuía considerablemente antes de llegar a sus manos. El escándalo corrió como la pólvora, removiendo los cimientos de la realeza y de la nobleza europea.

Eulalia junto a sus hijos

Eulalia se trasladaría a Paris, huyendo de los acusadores ojos de su familia, de los políticos españoles y de la nobleza. La custodia de los hijos le sería otorgada al padre y éste se apresuraría a enviarlos a un internado inglés. Ni Eulalia ni su exmarido se ocuparían demasiado de ellos.

Comienza entonces un periodo muy "agitado" en la vida de la Infanta que , ya libre, recorre todas las cortes europeas participando en cuantos actos sociales se celebraban. También se relaciona con intelectuales y artistas tanto de izquierdas como de derechas, monárquicos o no, lo que ampliaría su mente y sus conocimientos. Su familia empezaría a referirse a ella como "la republicana" y por su parte, Eulalia llegaría a decir que "Ninguna corona se ciñe lo suficiente como para no caerse". Fue una premonición.

En 1911 protagonizaría otro escándalo al publicar "Au fin de la vie" su primer libro, que fue prohibido en España por Alfonso XIII, y tachado de inmoral y escandaloso por la sociedad española. Después escribiría otros.

Los cuatro años que duró la Primera guerra Mundial los pasó en Paris, sin escuchar a familiares y amigos que le pedían que regresara a España. No volvería hasta 1921 y por poco tiempo. Las relaciones con su familia se habían ido suavizando, a pesar de que la desenfrenada vida de su hijo Luis Fernando - tan parecido a ella - tenía muy irritado a Alfonso XIII, que le había desposeído de su titulo de Infante y le había prohibido la entrada en España.

Cuando en 1931 se produce la caída de la Monarquía en España y el exilio de los Reyes, Eulalia estaba en París y acababa de escribir sus memorias.



Al acabar la Guerra Civil española, la Infanta compraría una villa en Irún a la que pondría el nombre de Ataúlfo en honor a su nieto y se instalaría en ella. En 1945 murió su hijo Luis Fernando en París sin que ni siquiera Eulalia fuera a su entierro. Su respuesta a quienes le dieron sus condolencias fue: "es lo mejor que podía haberle pasado Luis Fernando".

El febrero de 1958 Dª Eulalia sufrió, según el Dr Gallano que era su médico, un colapso circulatorio. Cuatro meses antes la Infanta, que contaba ya 93 años, había sufrido una caída que la dejó postrada y de la que no se había recuperado. En la tarde del 8 de marzo la enfermera Hortensia Gonzalez Quiñones, a cuyo cuidado estaba, viendo que la infanta se había agravado dio aviso al medico que nada pudo hacer por su vida.

Dª Eulalia acababa de cumplir 94 años y murió rodeada de su hijo Alfonso, de su nuera y de sus nietos. Los periódicos de la época, como no podía ser de otra manera, dijeron que había confesado, comulgado y que su muerte había sido ejemplar.

Recibió sepultura en el Panteón de Infantes del Monasterio del Escorial.

martes, 18 de julio de 2017

GRACIAS MACONDO



Chema, me dedica hoy en su blog Bitacora de Macondo, una de sus Macondobiografías. Quiero darle las gracias por ello y por lo que en ella dice.

Añadiré que no me siento identificada con el papel de profesora o "señorita" de nadie, ya me gustaría a mi saber lo suficiente de algo y ser capaz de trasmitirlo.

Así que gracias por dedicarme una de tus páginas y por tu benevolencia.

jueves, 1 de junio de 2017

Maximiliano de Habsburgo, Emperador de México



Maximiliano de Habsburgo. Winterhalter



Era el 6 de julio de 1832 cuando nacía en el palacio de Schönbrunn en Viena el segundo de los hijos de los Archiduques Francisco Carlos de Habsburgo y Sofía Wittelsbach. Maximiliano era un niño rubio, guapo, comunicativo y alegre y se convirtió en el favorito de su madre y de su hermano mayor, Francisco José, el futuro Emperador de Austria.

Como era costumbre en la Corte austriaca su educación, a cuyo cargo estaba el conde Enrique de Bombelles, fue rigurosa, muy completa y severa. Sentía una inclinación especial por todo lo cultural : el arte, la historia y la literatura eran sus asignaturas favoritas.

Desde los 18 años pasó a servir a la Armada de Austria. En 1852 el buque en el que servía hace una parada en Portugal y allí conoce a la princesa María Amalia, hija del Emperador Pedro I de Portugal. Ambos se enamoran y se prometen en matrimonio aunque en aquel momento todavía no se hace oficial el compromiso. La felicidad de Maximiliano duraría muy poco puesto que Amalia moriría en febrero de 1853 víctima de la tuberculosis. Fue un duro golpe para el Archiduque del que tardaría en recuperarse puesto que Maria Amalia había sido el amor de su vida.

Durante los tres siguientes años se dedico a cumplir con su trabajo en la Armada de la que ya era contralmirante, y por lo tanto a viajar por medio mundo. Pasado ese periodo se consideró que era momento de que tomara esposa y se empezaron a barajar posibles candidatas.

A sus 24 años Maximiliano era un hombre guapo, alto, elegante y de buenos modales, en definitiva un perfecto caballero. Es a esa edad cuando conoce a Carlota de Bélgica, ocho años menor que él y que quedó absolutamente impresionada por el Archiduque. No le ocurre lo mismo a Maximiliano que sigue soñando con su amor perdido.


Carlota de Bélgica. Winterhalter


No le quedó más remedio a Maximiliano que sucumbir a los deseos de la princesa belga,tanto el padre de ésta, el Rey Leopoldo I - dispuesto siempre a satisfacer a su hija - como la Reina Victoria de Inglaterra y su propio hermano Francisco José, consideraron que éste era un matrimonio conveniente, dada la inmensa fortuna de la joven.

Contrajeron matrimonio en Bruselas. el 27 de julio de 1857 y Francisco José de Austria, cediendo a las presiones de Leopoldo I, nombró a Maximiliano Virrey de Venecia y la Lombardía y en Italia vivieron los siguientes años. Carlota, tenía una gran cultura y, tal vez, por haber estudiado junto a sus hermanos, daba la impresión de que había sido educada para gobernar. Se convirtió en la asesora de su marido en todos los temas políticos y como éste tenía una gran facilidad para empatizar con la gente la pareja fue muy popular.

Maximiliano nunca fue un hombre de buena salud, desde muy joven eran frecuentes en él las cefaleas, los dolores de estomago, los resfriados, las anginas y es posible que esa fuera la razón por la que no le gustaba trasnochar y por la que daba largos paseos al aire libre. De naturaleza nerviosa, solía encerrarse en su habitación cuando tenía algún conflicto evitando cualquier contacto con el mundo exterior.

En 1859 el Piamonte y Francia declaran la guerra a Austria y ésta pierde el control del norte de Italia. Maximiliano y Carlota se refugian en Trieste donde años antes el Archiduque había hecho construir el Castillo de Miramar. Maximiliano era feliz allí, estaba frente al mar - una de sus pasiones - y podía dedicar su tiempo a sus aficiones. No ocurría lo mismo con su esposa que languidecía de aburrimiento sin que el " dolce far niente " le causara otra cosa que un cuadro depresivo.

Mientras la vida de los Archiduques transcurría plácidamente en Trieste en México la Guerra de la Reforma había dejado al país arruinado y endeudado con Francia, Inglaterra y España. En octubre de 1861 las tropas de los tres países llegan a México. España e Inglaterra firman un tratado con el gobierno liberal de Juárez y se retiran pero Francia permanece, dispuesta a crear en México un Estado satélite de Francia.
Después de la derrota de los republicanos se acordó volver al sistema monárquico y constituir el Segundo Imperio Mexicano. Tras varias deliberaciones el partido conservador ofrecería el Imperio a Maximiliano de Habsburgo.

Castillo de Miramar

Carlota se entusiasmó con la idea de gobernar un imperio, no tanto Maximiliano que se encontraba feliz en su retiro. La presión que sus familiares y su esposa ejercieron sobre él no le permitirá otra cosa más que la aceptación de la propuesta. Previamente a ello renunciaría a sus derechos dinásticos a la Corona Austriaca.

 Desembarcaron en Veracruz en mayo de 1864 y fijaron su residencia en el castillo de Chapultepec. Y desde ese momento empiezan a preocuparse por ser unos buenos gobernantes, pero la situación en Mexico era caótica. El nuevo Emperador recorría las ciudades y pueblos de su Estado en un intento de conocer sus problemas y familiarizarse con ellos, dejando a Carlota como regente durante sus ausencias. De temperamento liberal, Maximiliano se esforzaba en gobernar para todos los mexicanos y mejorar las condiciones de un país que se encontraba en bancarrota pero sólo conseguiría el descontento de todos. Los liberales, que además eran republicanos, se oponían a un gobierno monárquico y los conservadores consideraban que la política del Emperador era demasiado liberal. Tampoco los franceses estaban contentos porque entendían que sus intereses no estaban siendo suficientemente defendidos.

Carlota y Maximiliano dormían en habitaciones separadas y no parece que entre ellos existiera una relación marital. Para explicar ésta situación se dispararon los rumores. Se dijo que Maximiliano era impotente y sifilítico pero nada de ello ha podido ser probado. Ni los doctores austriacos Semeleder, Jilek, Bohuslavek, ni el doctor Samuel Basch, que siempre le acompañó, ni siquiera el medico mexicano Rafael Lucio - que había entrado al servicio del Emperador ante la inexperiencia de los médicos austriacos para tratarle unas fiebres intermitentes - han confirmado estos rumores, es más, nunca han hecho alusión a ellos.

La razón de que una pareja joven, que parece amarse, esté unida tan sólo por lazos platónicos - y más si se tiene en cuenta que todo Imperio necesita un heredero - resulta un misterio que no ha podido ser esclarecido. Su propio secretario Jose Luis Blasio relata su asombro cuando en un viaje a Puebla le muestra a Maximiliano el dormitorio que había sido preparado para él y la Emperatriz y Maximiliano, sin disimular su enojo, ordena le sea preparado un dormitorio alejado del de su esposa.



Maximiliano I de México. Winterhalter. 1864

La situación de los nuevos emperadores mexicanos era cada vez más difícil, puesto que los partidarios de Benito Juarez luchaban por ocupar cualquier parte del territorio y el ejercito francés era incapaz de controlar la totalidad del Estado. Un hecho exterior acabó de desestabilizar el poco equilibrio de la Monarquía. En 1865 había terminado la Guerra de Secesión de los Estados Unidos y su nuevo gobierno - a quien parece ser que no convenía tener en el continente americano una monarquía enraizada en Europa - decide apoyar a Benito Juárez.

La injerencia de Estados Unidos y el hecho de que Francia se encontrara en pleno conflicto con Prusia llevan a Napoleón III a retirar sus tropas de México dejando a Maximiliano en la más absoluta soledad. Ante esta situación Maximiliano se plantea abdicar pero Carlota no quiere ni oír hablar de semejante renuncia y decide viajar a Europa para recabar ayuda. Partirá hacia el viejo continente en de septiembre de 1866 y ese será el último día que verá a su marido.

El ejercito de Benito Juárez avanzaba hacia la ciudad de México, Maximiliano y sus colaboradores más leales deciden partir hacia Querétaro. El 13 de febrero de 1867 sale del Palacio Imperial.

Tardaría seis días en llegar a Querétaro y una vez allí establecería su cuartel general el el convento de la Cruz. Durante meses el ejercito de Juárez los mantendría sitiados hasta que el 15 de mayo Maximiliano, junto a sus generales Miguel Miramón y Tomás Mejía, caería prisionero. Los tres serían juzgados por un tribunal militar y condenados a muerte. Todas las monarquías europeas abogarían ante Benito Juárez solicitando la conmutación de la pena. Todos los esfuerzos serían en vano.

El 19 de junio de 1867, en el Cerro de Las Campanas y junto a Miramón y Mejía, Maximiliano de Habsburgo sería fusilado.

El efímero Emperador murió con un " Viva México" en los labios. Su cadáver fue repatriado y recibió sepultura en la Cripta Imperial de la Iglesia de Los Capuchinos de Viena.

domingo, 14 de mayo de 2017

Alejandra Románova, Zarina de Rusia







Alejandra nació el 6 de junio de 1872 en el Neues Palais de Darmstadt, la capital del Gran Ducado de Hesse, siendo la sexta hija de los futuros Grandes duques: Luis de Hesse y Alicia del Reino Unido y nieta por lo tanto de la Reina Victoria I. Fue una niña hermosa, rubia, de ojos azules y desde el principio fue llamada Alix por sus padres y hermanos. 

Darmstadt era una pequeña ciudad muy provinciana y además en su familia los medios económicos eran más bien escasos, así que la pequeña Alix disfrutaba enormemente de los periodos de vacaciones en la campiña inglesa, junto a su familia materna. Su madre, la princesa Alicia, la había educado con los mismos principios victorianos que a ella la educaron: un gran amor a la familia y una estricta moralidad y, tal vez por ello, se había convertido en una de las nietas preferidas de la reina Victoria.

Tenía apenas seis años cuando la tragedia vino a teñir su infancia de tristeza. En 1878 hubo una epidemia de difteria en Darmstadt de la que no se libró ningún miembro de la familia ducal. El Neues Palais se vistió de luto, la madre y la hermana menor de Alix murieron como consecuencia de la epidemia. La pequeña Alejandra no se recuperaría del dolor de la orfandad y a partir de entonces su rostro siempre reflejaría un fondo de tristeza. Su timidez y retraimiento se irían acentuando. 

Alix de Hesse

La educación de Alix estuvo tutelada por la Reina Victoria, a quien sus profesores informaban de los progresos de la niña. Victoria había decidido que en ausencia de su madre a ella le correspondía la obligación de velar por la buena educación de su nieta. Alix pasaba los inviernos en Darmstadt y los veranos en el Reino Unido. Allí se reunía con la mayoría de sus primos bien fuera en Osborne, en Balmoral o en Windsor pero, a pesar de estos periodos de confraternidad siguió siendo una niña introvertida y solitaria. 

El año 1884 marcaría su destino. Su hermana mayor, Isabel, iba a contraer matrimonio con el Gran Duque Sergio, hermano del Zar de Rusia Alejandro III. Alix tenía 12 años y seguía siendo tímida y retraída lo que le impedía disfrutar de los grandes acontecimientos por tanto, acudir a Rusia para asistir al enlace no supuso para ella ninguna alegría. Sin embargo cuando llegó quedó impactada por el esplendor, el lujo y la riqueza de San Petersburgo. Acostumbrada como estaba a las estrecheces económicas de su familia en Darmstadt, el palacio imperial de Peterhof le pareció el parangón de la opulencia. 

No obstante no fue el lujo lo que más impresionó a Alejandra sino el hijo y heredero del Zar, Nicolás. También el joven, que tenía 16 años, se sintió impresionado por Alix y cabe suponer que ambos se prometerían amor eterno.

Nicolas II

Los años pasaban, sus hermanas mayores se habían ido casado y en Darmstadt tan sólo quedaban ella y su hermano Ernesto, el heredero, junto a su padre. Alix se había convertido en una joven alta y delgada, con un rostro de delicadas facciones pero, seguía siendo extremadamente tímida y el hecho de tener que asumir las funciones de representación femenina del ducado y tratar con gente extraña la sumía en un estado de ansiedad cercano a lo patológico. Tampoco su salud  era buena y, a pesar de su juventud, sufría crisis de ciática que la dejaban postrada y sin poder andar en muchas ocasiones. También eran frecuentes en ella las otitis y las jaquecas. 

La reina Victoria, para la que Alix seguía siendo su nieta favorita, tenía el plan de casarla con su nieto Alberto Victor, hijo del príncipe de Gales y por tanto el segundo en la linea de sucesión. Pero Alejandra - que seguía enamorada de Nicolás - rechazó la oferta. 

El 1892 murió su padre y esta nueva pérdida la abatió por completo y la colocó al borde de la depresión. Su abuela Victoria - que la invitó a pasar una temporada con ella - y su dama de compañía Gretchen Von Fabrice, lograrían con paciencia y cariño, animarla. 

Con ocasión de la boda de su hermano Ernesto volvería a reunirse con Nicolás. Ambos jóvenes se darían cuenta de que seguían enamorados y que deseaban pasar el resto de su vida unidos. Esta boda no sería del agrado del Zar, a quien no gustaba el origen alemán de la joven, ni tampoco de la reina Victoria, a quien no gustaban los Romanov pero, pese a todo, Alejandra empezaría a prepararse para el matrimonio y para abrazar la religión ortodoxa.

Alejandro III moría el 1 de noviembre de 1894 y Nicolás era proclamado nuevo Zar. Todavía no había transcurrido un mes de estos hechos cuando se casaba con Alejandra. 

Boda de Nicolas y Alejandra. Laurist Tuxen. Palacio de San Petersburgo

Alix conocía muy poco de su nuevo país, no hablaba su idioma- nunca lograría hablarlo con fluidez- y desconocía sus costumbres. El pueblo ruso, supersticioso como era, auguró a la pareja un mal reinado puesto que un ataúd negro había precedido a la boda, y no se equivocaron. 

El día de la coronación de la nueva Zarina, y para que todo el mundo pudiera festejar el acontecimiento, se sacaron carros de comida para distribuir entre la población.El pueblo ruso, hambriento, se abalanzó hacia la comida pisoteando todo y a todos los que se pusieran delante. Hubo bastantes muertos. A pesar de ello Alix continuó festejando su coronación. 

El carácter tímido de Alejandra era interpretado por sus súbditos como frialdad y distancia y no despertaba simpatías. Tampoco ella se sentía atraída por el arte y la cultura rusas y además su comportamiento, a raíz de convertirse en zarina, se tornó autoritario. De hecho influyó enormemente en su marido para que desoyera cualquier consejo y gobernara con todo el autoritarismo que, según consideraba ella, el poder absoluto del Zar debería tener. 

En 1895 nacería su primera hija, Olga, que lógicamente, produjo una gran decepción puesto que todo el mundo esperaba un varón continuador de la dinastía. Las decepciones continuarían ya que, después de esta primera niña, nacerían otras tres: Tatiana, María y Anastasia. También el pueblo ruso se mostraba decepcionado y su antipatía por la Zarina aumentaba. Hubo que esperar hasta el 12 de agosto de 1904 para que naciera el ansiado varón que recibió el nombre de Alexis. No iba a durar mucho la alegría ya que, poco después de su nacimiento, se evidenciaría que Alexis sufría hemofilia.



Alejandra, Zarina de Rusia. Veber. Russian Museum

Alejandra, consciente de que era ella la que había trasmitido la enfermedad a su hijo, cayó en la desesperación. La sobreprotección a la que sometió a su hijo fue enorme, una enfermera, Marie, vigilaba constantemente al niño para evitar cualquier percance y siempre había médicos en palacio para su cuidado ya que el zarevich sufría fuertes dolores debido a hemorragias intraarticulares. Pero a la zarina Alejandra no le bastaba con esto, ella quería la curación de su hijo, ella quería un milagro.

Aparecería entonces en palacio, de la mano de Anna Výrubova, una de las damas de la Corte, un monje extravagante, maníaco y egocéntrico pero con un gran poder de persuasión y dispuesto a hacer creer que podía hacer el milagro: Rasputin. Lo primero que hizo el monje fue retirar del tratamiento que llevaba el Zarevich la aspirina que le daban sus médicos para aliviar sus dolores. De éste modo consiguió disminuir las hemorragias de Alexis y desde ese momento Alejandra empezaría a creer que el monje era un enviado de Dios. 

Gregori Rasputin

Rasputin tenía un enorme carisma así que, tanto Alejandra como su hijo, estaban subyugados por él. Su influencia llegó a ser tan grande que no había decisión del Zar o la Zarina - cuando actuaba de regente - que no hubiera recibido previamente el visto bueno del monje. En el gobierno y en la corte se consideraba que ésta influencia era absolutamente nefasta para el Imperio y finalmente Rasputin fue asesinado en diciembre de 1916. 

Durante la Regencia de Alejandra el gobierno ruso se deterioró rápidamente. La primera guerra mundial supondría una carga insoportable, los recursos escaseaban y aparecerían las hambrunas. Nicolás II era incapaz de controlar su Imperio, el pueblo ruso tan vasto, tan pobre y tan desesperado no aguantaba más y estalló la revolución. El Zar fue obligado a abdicar en marzo de 1917.

La familia Imperial pasó unos meses de reclusión en Tobolsk, en Siberia. En abril de 1918 fueron trasladados a la Casa Ipátiev, en Ekaterimburgo. Allí, el 17 de julio, a medianoche, fueron ejecutados No murieron solos, junto a ellos fueron fusiladas algunas personas de su servicio. 


La Familia Imperial


En 1979, los historiadores Aleksandr Avdonin y Geli Riábov hallaron la posible tumba de la Familia Imperial en un lugar cercano al bosque de Koptiakí, pero ésta no fue abierta hasta 1991. Tras los exámenes de ADN, se concluyó que los restos encontrados correspondían a la pareja imperial y a tres de sus hijas. Faltaban pues los del zarevich Alexis y los de una de sus hermanas. La leyenda de que la Gran duquesa Anastasia se había salvado se había iniciado ya mucho antes.

En 2007 se encontró otra fosa a unos 70 metros de la primera, en la que fueron hallados los cadáveres de un varón de entre12 y 15 años y una mujer de 15 a 19. Los estudios de ADN demostraron que los restos correspondían a Alexis y a una de las grandes duquesas, o bien María que tenía 19 años o bien Anastasia que tenía 17. Los ADN de los hijos del Zar y de su esposa fueron cotejados con el del duque de Edimburgo - esposo de la actual reina del Reino Unido - emparentado con la Zarina. 

En 1998 se les dio sepultura en la catedral de San Pedro y San Pablo en San Petersburgo. En el año 2000 fueron canonizados por la Iglesia Ortodoxa.


sábado, 22 de abril de 2017

María Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III




María Amalia de Sajonia. Luis Silvestre " el joven".




María Amalia podría haber sido feliz. En su corta existencia encontraría dichas que le fueron negadas a otras damas de sangre real y no porque su vida no fuera dirigida por sus progenitores - como ocurría con todas las princesas- sino porque en el camino elegido por sus mayores encontró la felicidad que le era negada a la mayoría : la felicidad conyugal. Pero, como la vida no es un cuento de hadas, esa felicidad duraría poco y el cruel destino se encargaría de amargarle la existencia. 

Nació el 24 de noviembre de 1724 en Dresde, una preciosa y artística ciudad que posiblemente influyó en su amor por la belleza. Sus padres eran Federico Augusto III, duque de Sajonia y Rey electo de Polonia, y la Archiduquesa María Josefa de Austria. Ella fue la tercera de los trece hijos que tuvieron sus progenitores. 

Los padres de María Amalia no eran francófilos pero, en aquellos años, todo lo que venía de Francia estaba de moda y por lo tanto en su educación prevaleció ese espíritu francés. La princesa aprendió a hablar rápidamente la lengua que se hablaba en París y además, como todas las grandes damas de la corte parisina, tenía un profesor de danza y otro que la enseñaría a caminar, a moverse y a sentarse con la distinción propia de una dama de su rango. Tenía una especial debilidad por la pintura, por las porcelanas y por las joyas. 

En la corte de Dresde las fiestas - y siempre había motivos para celebrarlas- eran fastuosas. Las damas vestían de blanco y oro y los caballeros de color escarlata y oro. Se lucían las mejores joyas y las galerías del palacio se engalanaban con una exquisita elegancia y lógicamente este refinamiento marcaría el carácter de la princesa. La influencia francesa no solo impregnaba los vestidos y la decoración, también la frivolidad y el libertinaje hacían acto de presencia en torno a la familia real, aunque la Reina y sus hijas constituían, a decir de las gentes, una isla de honestidad en ese mar de relajación moral. 


Palacio de Dresde


Mientras María Amalia se entretenía en danzas y elección de vestidos, D. Carlos, el tercer hijo de los Reyes españoles Felipe V e Isabel de Farnesio, era coronado en Palermo como Rey de Nápoles y Sicilia. Tenía el nuevo Rey 18 años y, por tanto, había llegado la hora de buscarle esposa. 
No fue la princesa sajona la elegida por los Reyes españoles, ya que éstos hubieran preferido a una hija del Emperador austriaco, pero cuando el embajador español llegó a Viena con la propuesta de los Monarcas españoles, recibió un rotundo no por respuesta. Hubo pues que buscar una sustituta y como María Amalia era sobrina- nieta del Emperador se pensó que D. Carlos tendría que conformarse con un parentesco menor pero, que aún así, era un matrimonio conveniente.

En mayo de 1738 se celebra la boda por poderes en Dresde y María Amalia, que apenas cuenta 14 años, emprende el viaje hacia el Reino de su esposo. En todas las ciudades italianas que atraviesa se le rinden homenajes y se celebran fiestas en su honor. Inicia entonces, la ya Reina de Nápoles y Sicilia, una costumbre que mantendría durante toda su vida, la de escribir cartas a sus suegros informándoles de los acontecimientos cotidianos, lo hacía en francés y firmaba como Amelie. Las cartas se conservan en el Archivo Histórico Nacional.

Es en Portella, en la frontera de su Reino y, en una especie de carpa levantada al efecto, donde se conocen los los esposos. Se gustaron tanto que partieron de inmediato con su séquito hasta la fortaleza de la Gaeta, donde esa misma noche consumarían el matrimonio. Quedaron ambos enamorados desde ese primer instante y según sus biógrafos su matrimonio fue sumamente feliz y no tuvo más penas que las ocasionadas por las enfermedades y la muerte de los vástagos que iban naciendo. 

Se hablaban en francés ya que ni ella hablaba italiano ni D. Carlos alemán, aunque la Reina aprendería pronto el idioma de sus súbditos. María Amalia era alegre, le gustaba la naturaleza y el paisaje de la costa napolitana era muy de su agrado pero, la corte napolitana distaba mucho de parecerse a aquella en la que había vivido. La etiqueta se regía por el protocolo español y además la nobleza napolitana no era rica y por lo tanto el boato era inexistente. Le costaría a la reina habituarse a esta nueva vida social tan ramplona y simple.


Carlos, Rey de Nápoles y Sicilia. Giussepe Bonito. Museo del Prado


María Amalia quedaría embarazada cuando todavía no había cumplido los 16 años. La gestación fue difícil, pero finalmente la Reina daría a luz en el Palacio Real de Nápoles a una niña a la que se impondría el nombre de María Isabel, para satisfacción de su abuela paterna. María Amalia tardó recuperarse de éste parto y, según contaba a sus médicos, sufría un dolor de estomago y un "catarro" que la incomodaban mucho.

A pesar de ello y como María Amalia sabía bien cual era su obligación  quedaría de nuevo encinta, naciendo en 1742 una nueva niña a la que se llamaría María Josefa Antonia, esta vez para contentar a la abuela materna. La pequeña fallecería tres meses después de su nacimiento.

El empeño de la Reina por dar a su esposo, que con tanto cariño la trataba, un hijo varón era grande y por tanto apenas recuperada del parto y del disgusto, quedaría de nuevo embarazada. Un mal día la pequeña Isabel enfermaría y el Rey, siempre atento al bienestar de su esposa, la trasladaría a Portici, para evitar que la Reina se contagiara y que se malograse el fruto de sus entrañas. La princesita fallecería, causando a la Reina un hondo pesar. La recuperación de este parto todavía sería peor ya que, a las dificultades que María Amalia siempre presentaba tras los nacimientos de sus hijos se unirían unas fiebres tercianas. 

No se interesaba la Reina por los asuntos de Estado -nada tenía que ver en esto con su suegra- era cariñosa con su esposo y sus diversiones se limitaban a la pesca y a las labores de bordado. Ponía, eso si, todo su empeño en dar a la Corona el ansiado varón y si para ello debía quedar en estado muchas veces, así lo haría. Pero ello no significaba que la muerte de sus hijas no la afectaran ni que su estado de salud, no demasiado bueno, se resintiera. Su carácter iría cambiando paulatinamente y  cualquier nadería la irritaba, por otra parte casi siempre se hallaba en estado de gestación y es de suponer que alguna culpa tendrían las hormonas en sus cambios de humor.

Por fin, el sexto embarazo dio como fruto un varón. Era el mes de Junio de 1747 cuando nacía Felipe - pues con ese nombre fue bautizado- y su nacimiento supuso una alegría inmensa que pronto se convertiría en tristeza y preocupación. Desde bien temprano sufriría el pequeño crisis epilépticas, nunca llegaría a hablar y su estado de imbecilidad motivaría que, tras dictamen médico, fuera incapacitado. Viviría treinta años y nunca saldría de Nápoles. Un año más tarde nacería otro varón, al que llamarían Carlos y que con el paso de los años se convertiría en el Rey Carlos IV de España.

Los embarazos se sucederían y aún tendría María Amalia seis hijos más después de este nacimiento, cuatro de los cuales serían varones. No es extraño que éste matrimonio fuera tan fecundo, si tenemos en cuenta el relato de Charles de Brosses " Me llamó la atención que en la cámara del Rey no existiera lecho alguno, porque éste se acuesta siempre con la Reina".

La salud de la Reina estaba muy quebrantada y fuera por esta causa o por los continuos embarazos su carácter, antes tan afable, fue volviéndose cada vez más agrio y ofendía a criados y cortesanos por igual, provocando que el Rey, haciendo gala de enorme cariño y de una gran paciencia, tuviera que aplacar a su esposa y contentar a quienes se sentían ofendidos por ella. 


María Amalia, Reina de España. A. Mengs. Museo del Prado

En 1759 fallecía en España y sin descendencia el Rey Fernando VI, por tanto D. Carlos pasaría a ocupar el trono con el nombre de Carlos III. Los esposos se trasladan a Madrid y en octubre de 1759 desembarcan en Barcelona.

El reinado de María Amalia en España duraría apenas un año. Su salud se quebraría definitivamente al pisar tierra española. A los problemas pulmonares, que desde hacía años sufría, con tos constante, se unirían la debilidad causada por los continuos embarazos y por las continuas sangrías con las que se trataba de aliviarla. A pasar de la larga lista de médicos españoles que la atendieron y de los que, como el Dr Pastorini, la acompañaron desde Nápoles, y a pesar también de todas las reliquias que se hicieron traer, la Reina fallecía el 27 de septiembre de 1760. Tenía 35 años. 

No está clara la causa de la muerte. Seguramente y dados los síntomas y su prolongada evolución su temprana muerte fue debida a una tuberculosis, pero tampoco puede descartarse un carcinoma broncopulmonar puesto que la Reina fumaba habitualmente tabaco habano. 

Sus restos reposan en el Panteón de Reyes del Escorial.

jueves, 30 de marzo de 2017

Leopoldo II de Bélgica







Cuando Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Gotha nace, en abril de 1835, su padre ya era rey de los belgas. Cinco años antes Bélgica había declarado su independencia de los Países Bajos y había ofrecido la Corona del nuevo Estado al padre de Leopoldo. 

Su educación fue la que correspondía a un príncipe heredero de la época. Nunca fue un estudiante brillante, aunque hablaba francés, inglés y alemán. Tuvo una especial formación militar, para lo cual ingresó en el ejercito belga, y además viajó por todo el mundo para formarse en política exterior.

A los 18 años se casó con Mª Enriqueta de Austria, siendo el suyo un matrimonio de conveniencia. Mª Enriqueta tenía 17 años y de ella solo se esperaba que diera hijos a la corona y el prestigio que el apellido Habsburgo pudiera dar a la recién estrenada monarquía belga. 

Una vez obtenidos los hijos deseados de su esposa - dos niñas y un varón - Leopoldo pasó a ignorarla por completo dejando el lecho conyugal que fue sustituido por el de varias amantes. 

En 1865 cuando apenas cuenta 30 años se convierte en Rey de Bélgica tras la muerte de su padre. Leopoldo era un hombre sumamente hábil y ambicioso y tenía un claro plan expansionista. 

Mª Enriqueta de Austria


Según la Dra María Misra, historiadora de la Universidad de Oxford, Leopoldo sentía un cierto complejo de inferioridad ante algunos miembros de su dinastía sobre todo ante su prima, la todopoderosa Victoria I, reina de Inglaterra y también ante su primo, el Kaiser Guillermo II. 

Por tanto desde que ocupó el trono su obsesión por obtener colonias se agudizó y se dedicó a ello como si se tratara de su principal objetivo. 

En 1869 un hecho luctuoso vino a desbaratar sus planes de futuro. El único hijo varón que había tenido con su mujer moría de neumonía al caer en una charca y permanecer mojado por algún tiempo.  
Leopoldo se desesperó porque no perdía solo a un hijo, perdía también al heredero. Con una absoluta falta de respeto obligaría a su esposa a compartir de nuevo el lecho conyugal hasta dejarla embarazada de nuevo. Mª Enriqueta dió a luz una niña y asqueada buscó refugio en la ciudad de Spa donde permanecería hasta su muerte. 

No tenía heredero pero seguía obsesionado con obtener su colonia. Henry Morton Stanley, uno de los grandes exploradores de la época despierta su interés. Stanley, al que se había encargado la búsqueda del Dr Livingstone, había seguido el curso del río Congo y Leopoldo empieza a considerar que ahí podía estar su deseada colonia. 

Para conseguirla funda en 1876 la Asociación Internacional Africana con el filantrópico objetivo, según decía, de descubrir zonas de Africa inexploradas y civilizar a los nativos. Esta asociación duró poco, pero sirvió para que la alta nobleza y los poderes económicos europeos aportaran dinero a tan generosa tarea. 

Henry Morton Stanley


En 1884, en Conferencia de Berlín, el rey Leopoldo se convertía en el propietario de un territorio 40 veces mayor que Bélgica y un año después nacía el Estado Libre del Congo del que Leopoldo se proclamó soberano absoluto. 

A partir de ese momento se desencadenaría el horror. Los agentes coloniales con el objetivo de obtener las máximas cantidades de caucho y marfil someten a la población a la explotación más absoluta. Se utiliza el chicotte, un látigo trenzado de piel de hipopótamo seca, y el castigo por no cumplir los objetivos podía llegar de los 30 a los 100 latigazos. Si a pesar de ello, al terminar la semana, los trabajadores no habían cumplido con la cuota asignada se les amputaba una mano. Otra de las prácticas habituales era tomar como rehenes a las mujeres y a los niños, que podían morir de inanición si el trabajador no conseguía cumplir con las cantidades de caucho que se le requerían. 

En la práctica el Estado Libre del Congo funcionó como un gran campo de concentración en el que los nativos eran salvajemente tratados con un único objetivo, enriquecer a Leopoldo. 



Algunas fuentes consideran que murieron unos 8 millones de nativos durante este periodo. 

En 1890 comienzan las primeras protestas internacionales sobre las prácticas del rey Leopoldo en el Congo. Edmund Dene Morel que trabajaba en una compañía naval y visitó el Estado Libre del Congo llevó a cabo una campaña contra las atrocidades que se estaban cometiendo en el territorio. Otra de las voces críticas fue George Washington Williams que consiguió publicar en el New York Herald, la lista de actos salvajes cometidos contra los nativos. Poco a poco el mundo fue un clamor contra lo que estaba sucediendo en el Congo. 

En 1908 el Gobierno belga se vio obligado a comprar el Congo a Leopoldo por 50 millones. El Estado Libre del Congo pasaría a convertirse en el Congo Belga y Leopoldo en un hombre todavía más rico. 

Leopoldo murió un año después de estos hechos, en 1909. Unos días antes se había casado con su última amante, cincuenta años más joven que él. 

Este depredador murió de una hemorragia cerebral, en su cama. No fue juzgado por los crímenes cometidos contra la humanidad y se le enterró con los honores propios de un rey.


sábado, 18 de marzo de 2017

Enrique III "el doliente"




Enrique III. Calixto Ortega Matamoros. 1848. Museo del Prado



Era el 4 de octubre de 1379 cuando el rey Juan I de Castilla anunciaba el nacimiento de su primer hijo, fruto de su matrimonio con Leonor de Aragón. El pequeño Enrique perdió a su madre tres años después de su nacimiento y fue su nodriza, Ines Lasso de la Vega, quien se ocuparía de él durante los primeros años. Más tarde sería un tutor, Juan Hurtado de Mendoza, el encargado de su cuidado y educación. 

Cuando contaba tan solo 9 años se le colocó en el tablero de las alianzas y los tratados. Para un rey de la Edad Media sus vástagos eran una importante moneda de cambio, así pues, Enrique, fue utilizado para poner fin al conflicto sucesorio castellano.

En 1388 se firmaba el tratado de Bayona. Fue firmado por su padre, Juan I, y por  Juan de Gante junto a su esposa Constanza de Castilla. En el tratado se comprometía el matrimonio de los descendientes de ambas lineas. Juan I ofrecía a Enrique, su sucesor,  y Constanza y su esposo a su hija Catalina de Lancaster. De este modo y, tras el pago de una sustanciosa cantidad en metálico y alguna otra concesión por parte de Juan I, Constanza y su esposo renunciaban a sus derechos al trono de Castilla. 

En marzo de ese mismo año en la catedral de Palencia contraían matrimonio un niño de nueve años y una joven de quince. Desde ese mismo momento les fue otorgado el título de Príncipes de Asturias como herederos de la Corona y serían ellos los primeros en llevarlo. A pesar de la premura de la ceremonia religiosa - para cumplir con el Tratado - parece ser que el matrimonio no se haría efectivo hasta la fecha en la que Enrique cumpliera catorce años. 

Corría el mes de octubre de 1390 cuando Juan I encontró la muerte al caer de un caballo y Enrique fue proclamado Rey. La minoría de edad del nuevo Rey desató las ambiciones de muchos nobles que se creían con derecho a ejercer la Regencia y entre tanto revuelo el inteligente arzobispo de Toledo, Juan Tenorio - en quien Juan I había depositado toda su confianza - logró imponerse.

Según nos cuenta el cronista Pedro López de Ayala, el arzobispo convocó Cortes en Madrid, y a esa convocatoria acudieron las principales figuras de la alta nobleza castellana y los parientes del Rey que se creían con derechos a ejercer la regencia. Como nadie se ponía de acuerdo se busco la solución constituyendo un Consejo de Regencia. Estaba éste formado por 24 miembros, once de los cuales pertenecían a la nobleza y el resto eran representantes de las ciudades. Fue precisamente esta disparidad de consejeros y de intereses lo que conduciría al fracaso del Consejo.

Esta lucha de poderes y el vacío de autoridad tendría consecuencias. La violencia se instalaría en las calles y la situación de Castilla se tornaría catastrófica. En Sevilla se iniciarían los asaltos a la judería y la matanza de sus miembros y esta situación, como si de un reguero de pólvora se tratase, se extendería por todo el Reino. Ante este panorama eran muchos los que clamaban para que Enrique III se hiciera cargo del Reino.

El 2 de agosto de 1393 Enrique fue declarado mayor de edad y asumió la responsabilidad de gobernar. Tenía catorce años.

Catalina de Lancaster

Según cuenta Juan de Mariana el rey tenía un rostro agraciado, era bien hablado, elocuente y extremadamente prudente. Le gustaba escuchar, probablemente porque ello le permitía tener información de cuanto acontecía y conseguir de ese modo un mejor gobierno. 

Como primera medida el nuevo Rey convocó a las Cortes en Madrid. Enrique era consciente de que tenía dos grandes problemas, por una parte debía lidiar con las ambiciones de la alta nobleza castellana que luchaban por acrecentar su poder y su patrimonio y por otra debía hacer frente y frenar la escalada de violencia que se había desatado contra los judíos quienes, además, aportaban gran cantidad de riquezas a las arcas del Rey. 

Buscó el apoyo en la nobleza secundaria, se rodeó de ellos y los encumbró de tal forma que todos cerraron filas en torno a su Rey poniendo freno a las ambiciones de muchos de los parientes del Monarca que amenazaban con desestabilizar el Reino. Acabó por debilitar el poder de la alta nobleza cuando potenció la figura de los corregidores, encargados de representar al Rey en los consejos. Por otra parte emitió varios edictos prohibiendo el uso de la violencia contra los judíos llevando, de este modo,  un poco de paz y tranquilidad a los habitantes de las juderías. 

El matrimonio ya se había consumado pero los hijos tardaban en llegar y la salud de Enrique empezaba a deteriorarse. Nos cuenta Fernán Pérez de Guzmán que cuando el Rey contaba diecisiete o dieciocho años "tuvo muchas y grandes enfermedades que dañaron y enflaquecieron su cuerpo, que le afearon el semblante" y que " Ca, con el trabajo e afliçion de la luenga enfermedad fizose muy triste e enojoso". El profesor Veas con la ayuda de la doctora Costa Guirao llegaría a la conclusión de que Enrique debió padecer alguna enfermedad, probablemente neurológica, que sería de evolución lenta pero con cuadros clínicos cada vez más frecuentes y con gran deterioro orgánico en cada uno de ellos. 

Muchos fueron los médicos que trataron a Enrique durante su larga enfermedad, aunque su médico personal fue el converso Alfonso Chirino quien nos deja testimonio en sus escritos del fracaso de de los remedios que se dispusieron para mejorar la débil salud del Rey, algunos de ellos verdaderamente curiosos: "rico letuario con esmeraldas molidas, que costó cada peso dél veynte pesos de oro e fue fecho para el noble rey Don Enrique, de buena memoria". No obstante en ninguno de esos testimonios hace un diagnóstico de las dolencias padecidas por el Monarca. También le atenderían el boloñés Pietro da Tossignano que vino a España hacia 1400 y que, según el mismo Chirino, fue retribuido espléndidamente y los judíos Mosseh Aben-Zarzal y Mayr Alguadex. 




El carácter de Enrique iba cambiando. Se volvió huraño y desconfiado conforme la enfermedad hacía mella en él pero, a pesar de sus sufrimientos, no descuidaba sus labores de Estado y  continuaba con la tradicional itinerancia regia, visitando los distintos pueblos de Castilla. 

No se conformaba Enrique con mantener su Reino en paz y los límites del mismo protegidos, en el año 1400 mandaría una escuadra a la ciudad de Tetuán, que por encontrarse en aquel entonces infestada de piratas, constituía una dificultad añadida al comercio marítimo castellano. Cuatro años después financiaría el proyecto de la conquista de Canarias que le habían presentado Juan de Béthencourt y Gadifer de la Salle, aceptando su vasallaje. 

La descendencia empezaba a llegar y en 1401 su esposa daría a luz a María, la primera de las hijas del matrimonio y dos años después nacería la segunda, Catalina. Por fin en 1405 nacía en Toro un varón. No estuvo presente el Rey en su nacimiento, ya que se encontraba en Alcalá de Henares, siendo allí donde recibiría la feliz noticia. 

En 1406 el reino nazarí de Granada había roto el pacto de paz y había invadido Murcia. Enrique, a pesar de que su estado físico era cada vez peor, se vería en la obligación de presentar batalla. Consideraba Enrique que para dar por terminado el conflicto de Granada era necesario un gran ejercito y para obtenerlo necesitaba financiación. Así pues, convocó Cortes en Toledo, y una vez éstas dieron la conformidad a sus planes y el dinero necesario para ello, Enrique se dispuso a iniciar los preparativos. Preparando esta guerra lo encontró la muerte. 

La salud de Enrique se había ido resintiendo todavía más en los últimos meses siendo su debilidad extrema. A finales de diciembre el Rey siente que el fin se aproxima y otorga testamento señalando en él que el heredero del trono debía ser su hijo Juan, de apenas año y medio. Dos días después concretamente el 25 de diciembre el Rey moría en Toledo a los veintisiete años de edad. 

La causa de su muerte la ignoramos, ni los galenos que le trataron ni López de Ayala ni Jerónimo Zurita han dejado testimonios que nos permitan una aproximación diagnostica, no obstante A. Ruiz Moreno considera que: "su muerte en plena juventud, a los 27 años; el comienzo de sus enfermedades a los diecisiete años: su delgadez y debilidad, su mal color y su carácter melancólico e irritable nos autorizan a pensar que Enrique III fue tuberculoso y murió a causa de dicha enfermedad". Una afirmación muy categórica que parece no tener en cuenta otros factores como los cambios en su rostro y las dificultades en el lenguaje que cita Perez de Guzman. 

Recibió sepultura en la capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo.