lunes, 16 de enero de 2017

Maria I Estuardo. Reina de Escocia




María Estuardo. F. Clouet

María, hija del rey de Escocia Jacobo V y de María  de Guisa, vino al mundo el 8 de diciembre de 1542 en el palacio de Linlithgow, cerca de Edimburgo. La singularidad y la tragedia que marcaron su vida casi desde el nacimiento dieron a su  existencia un aura de folletín que sigue perdurando con el paso de los siglos.

Tenía pocos días cuando falleció su padre, tras ser herido en una batalla contra su tío el rey inglés Enrique VIII, circunstancia que la catapultó a ser coronada reina de Escocia cuando apenas contaba un año de edad. El rey de Inglaterra debió pensar que conseguir el trono de Escocia por la vía del matrimonio sería una buena jugada y propuso a los nobles escoceses el matrimonio de su hijo  y heredero, Eduardo, con la pequeña reina con la condición de que María fuese educada en Inglaterra hasta que el matrimonio  se produjese. La madre de la pequeña, María de Guisa, era una ferviente católica y se negó rotundamente a que su hija pudiera ser trasladada a Inglaterra y educada como protestante. Así pues, rompió el acuerdo y rápidamente la comprometió con Francisco, el Delfín de Francia, enviándola a este país para que estuviera protegida hasta que el matrimonio pudiera celebrarse. Madre e hija nunca volvería a verse.

 En París se le proporcionó casa propia y se la trató con honores de reina. Se relacionaba con los príncipes franceses  y cabe suponer que de no ser por la manifiesta animadversión de su futura suegra, Catalina de Médicis, su adolescencia habría sido grata. El 24 de mayo de 1558, María contraía matrimonio en la catedral de Notre-Dame con Francisco, en una ceremonia llena de pompa y boato. Tan sólo un año después y debido a la prematura muerte de su suegro María se convertía en reina consorte de Francia. Su reinado sería breve, su esposo Francisco moría en diciembre de 1560 dejándola viuda. Poco tardó Catalina de Médicis en apartarla de la corte francesa y en situarse como regente.



Maria Estuardo y Francisco II. F. Clouet


En Inglaterra había muerto ya Enrique VIII y también su sucesora, la triste María "La sanguinaria" y había subido al trono Isabel, la hija de Enrique y Ana Bolena, cuya legitimidad era cuestionada por los católicos. Consideraba María Estuardo que siendo sobrina-nieta de Enrique VIII, tenía más derecho al trono inglés que la mujer bastarda que en aquel momento se sentaba en él y la defensa de ese derecho sería la principal razón de su regreso a la tierra que la vio nacer.

Pocos meses después de la muerte de su esposo, María, regresó a su país encontrándose con una complicada situación entre católicos y protestantes, agudizada por las intrigas de la nobleza y para la que desde luego no estaba preparada. Su educación había sido muy completa y refinada pero, nadie la había instruido en política. 

Colocó a su hermano bastardo, Jacobo Estuardo, como consejero principal e inició una política de tolerancia religiosa, aceptando que tanto católicos como protestantes estuvieran presentes en el gobierno pero, ni los unos ni los otros estaban contentos.

Aparece entonces en escena Lord Darnley, un joven atractivo, arrogante y caprichoso. Era hijo del conde de Lenox - que veinte años atrás había tenido que exiliarse a Inglaterra - y aunque él había nacido en tierra inglesa  y era súbdito de Isabel I, poseía tierras en Escocia y a ellas acudió al poco de la llegada de María. Conquistó a la joven reina escocesa que tomó la decisión de contraer matrimonio con su enamorado, siendo ésta una de las peores decisiones que tomaría en su vida. Los nobles se rebelaron, su hermano Jacobo se alzó en armas contra ella y su flamante esposo le exigió, al poco tiempo de contraído el matrimonio, ser coronado rey de Escocia y compartir de ese modo las tareas de gobierno.

María, que se encontraba ya embarazada, optó por dar largas a su esposo y mientras éste se divertía en Edimburgo ella pasaba el tiempo con un músico italiano, David Rizzio, que pasó de ser músico de la corte a secretario de las relaciones con Francia. Esta situación no gustó nada a Lord Darnley que pactó  con la facción de nobles rebeldes para hacer desaparecer al italiano de la vida de la Reina. El 9 de marzo de 1566 estos nobles entran en los aposentos de María y apuñalan a Rizzio hasta ocasionarle la muerte. Tras este suceso, María se trasladaría al palacio de Edimburgo donde tres meses después daría a luz a su hijo Jacobo.



Lord Darnley. Anónimo. National Gallery Escocia


Tanto María como los nobles que la apoyaban estaban hartos de las exigencias de Darnley. Como las relaciones de los esposos se habían deteriorado optaron por dejar de convivir y él pasó a ocupar Kirk O’Field, una casa cercana al palacio. En esta casa se produjo una explosión  antes de cumplirse el año de la muerte de Rizzio, concretamente en febrero de 1567. El cuerpo de Lord Darnley, semidesnudo, fue hallado en el jardín pero no había muerto por la explosión sino estrangulado.

En la investigación que siguió al hallazgo del cadáver, se comprobó que la pólvora de la explosión había sido suministrada por el conde de Bothwell, uno de los favoritos de la Reina y del que se rumoreaba que era su amante. María se vería obligada a organizar un simulacro de juicio del que Bothwell lograría salir absuelto y enriquecido, ya que, se le devolvieron todas las tierras que en su día le había arrebatado Darnley. No es de extrañar que la sombra de la duda sobre quién había instigado el asesinato de su esposo planeara también sobre la cabeza de María.

Poco después y cuando María viajaba de Edimburgo a Linlithgow la comitiva fue asaltada y la Reina secuestrada por los soldados de Bothwell y conducida a la fortaleza de Dunbar. Lo que allí sucedió se desconoce pero, cuando María regresó a Edimburgo y comunicó que se casaba con Bothwell, explicando que había sido violada por él y debía lavar su honra, nadie la creyó. Fue el principio del fin de la Reina.

Los nobles que habían deseado la caída de Darnley y habían ayudado a conseguirla se alzaron en armas contra María y el conde Bothwell. Al frente de estos nobles estaba el hermano bastardo de María, Jacobo Estuardo. En la batalla de Carberry Hill, María fue apresada y recluida en el castillo de Loch Leven. Bothwell logró huir a Dinamarca. Durante su cautiverio María sufrió un aborto y además fue obligada a abdicar en su hijo Jacobo, que fue proclamado Jacobo VI de Escocia.

En mayo de 1568 María se escapa del castillo disfrazada de lavandera. Con los nobles que todavía le eran fieles logra formar un pequeño ejercito y se enfrenta a su hermano en la que sería su última batalla. Es derrotada y huye hacia Inglaterra, con la esperanza de que su prima Isabel la ayudaría. Nada más lejos de la intención de Isabel que apresó a María de inmediato. La mantuvo recluida en diversas fortalezas y así, estrechamente vigilada, paso los siguientes 19 años de su vida. Fue acusada en varias ocasiones de conspirar contra Isabel I y finalmente  condenada a muerte por alta traición.



María Estuardo camino del patíbulo. Vannutelli


A primera hora de la mañana del día 8 de febrero de 1587 María I de Escocia fue decapitada. Esta Reina pasaría a la Historia como una depravada según los protestantes y como una mártir según los católicos. De lo que no hay duda es de que fue una mujer muy apasionada, con muy poco criterio y probablemente muy desgraciada. Un personaje trágico de enigmática personalidad.

Fue sepultada en la Catedral de Peterborough. Años más tarde su hijo, Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra, mandó trasladar sus restos a la Abadía de Westminster.



miércoles, 28 de diciembre de 2016

Alejandra de Dinamarca, reina consorte de Reino Unido



Alejandra de Dinamarca



Christián de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg y Luisa de Hesse- Cassel se habían casado por amor. Christián estaba en la linea de sucesión al trono de Dinamarca pero no era más que un capitán de la Guardia Real con un salario bastante exiguo. Tras la celebración del matrimonio fijaron su residencia en el palacio Amarillo que, a pesar de su nombre, no pasaba de ser una gran mansión con la fachada pintada del color que le daba nombre. Fue en este palacio donde vino al mundo el 1 de diciembre de 1844 la princesa Alejandra a la que todo el mundo comenzó a llamar Alix. 

Ya hemos dicho que el sueldo de su padre era mas bien escaso y como consecuencia de ello, Alix compartía habitación con su hermana Dagmar - que habría de convertirse en zarina de Rusia- además de compartir con ella vestidos y adornos. Nunca faltó el cariño en aquella mansión que sus progenitores supieron convertir en un autentico hogar para los seis hijos que tuvieron: tres hijas ( Alix, Dagmar y Thyra) y tres hijos ( Frederick, Vilhelm y Valdemar). Supervisaron los padres la educación de los seis hijos y ante la falta de medios se convirtieron en sus maestros en muchas disciplinas. También podía verse a toda la familia paseando por Copenhage y practicando en público algunos deportes. Es posible que la naturalidad con que fue educada explique la tremenda facilidad que tenía Alix para conectar con la gente.

La Reina Victoria I del Reino Unido había decidido que era ya la hora de que su hijo Bertie, Príncipe de Gales, contrajera matrimonio. Pensaba que tal vez de ese modo acabaría por sentar la cabeza y se olvidaría de los líos de faldas en los que siempre estaba envuelto. Pidió consejo a su hija Victoria, princesa consorte de Prusia y ambas se pusieron a buscar candidata entre las princesas casaderas de Europa. 

Aunque en un principio ni la madre ni la hija deseaban una princesa danesa -debido a los conflictos territoriales que Prusia mantenía con Dinamarca- al final llegaron a la conclusión de que Alix era la más idónea y presentaron a la pareja. No obstante y a pesar de que a Bertie le gustó Alejandra no fue hasta un año y medio después que se decidió a pedirle matrimonio.

El 7 de marzo de 1863 el Victoria and Albert arribó al puerto de Gravesend con la princesa Alejandra a bordo, tres días después se celebraba la boda en la capilla de St George del castillo de Windsor. La corte todavía estaba de luto y la celebración de los esponsales no destacó por su magnificencia. 

Alejandra y Eduardo el día de su boda

Pocos meses después Federico VII de Dinamarca muere sin descendencia y el padre de Alejandra sube al trono con el nombre de Christian IX. Su hermana Dagmar se había comprometido con el zarevich de Rusia y su hermano Vilhelm se había convertido en rey de Grecia. Los Príncipes de Gales estaban por tanto emparentados con casi toda la realeza europea.

Alejandra disfrutaba de casi todas las cosas, era afable, cariñosa y divertida. Le gustaba bailar, montar a caballo, patinar sobre hielo e incluso cazar, algo que no dejaba de consternar a la reina Victoria. Se ganó muy pronto el cariño de la gente y también su admiración.
Tras la muerte del príncipe Alberto todo era oscuridad y tristeza en la Corte londinense, no se celebraban fiestas en palacio y la Reina Victoria vestía completamente de negro. La llegada de Alix supuso un rayo de luz entre la espesa niebla. 

Los príncipes se instalaron en Marlborough House, aunque su residencia favorita siempre fue Sandringham Hall, en Norfolk. La mayoría de los biógrafos opinan que este primer periodo de su matrimonio fue feliz aunque no son pocos los que dan cuenta de que la afición del príncipe de Gales por las mujeres no se vio mermada por el hecho de que hubiera contraído matrimonio y que a pesar de que tuvieron seis hijos, Bertie seguía coleccionando amantes. 

En enero de 1864 nació su primer hijo, según aseguraba Alejandra dos meses antes de tiempo, aunque sus biógrafos afirman que dado que todos sus hijos nacían antes de tiempo o bien ella tenía un problema, o bien quería ocultar la fecha probable del parto a la reina Victoria, a fin de no tener que soportar a su suegra durante tan difícil trance. 

A pesar de el difícil carácter de la reina Victoria, suegra y nuera se llevaban bien. De hecho Alejandra asumía algunas de las tareas que resultaban más pesadas para la Reina, y era ella quien acudía a inaguraciones, conciertos, visitas a hospitales y un largo etc de compromisos que resultaban agotadores a la Reina. Sólo en una cosa discrepaban: la manifiesta simpatía de Victoria I por todo lo alemán en contraposición a la profunda animadversión de Alix que, tras la invasión que sufrió Dinamarca por parte de Alemania, odiaba todo lo alemán. 

En 1867 y con el nacimiento de su tercer hijo, sufre un brote de fiebre reumática que estuvo a punto de costarle la vida y que le dejó una cojera como secuela. Varios fueron los brotes de esta enfermedad que sufrió a lo largo de los años pero ninguno fue tan terrible como el primero. 



Alejandra se había convertido en un icono de la moda. Era una mujer coqueta a la que gustaba vestir bien. Tenía una pequeña cicatriz en el cuello que, según ella la afeaba, razón por la cual siempre llevaba blusas y vestidos con cuello alto o gargantillas que prácticamente lo ocultaban. Puso de moda ese estilo y todas las mujeres de la alta sociedad acabaron llevando el cuello tapado. Tenía una gran afición por las joyas, probablemente debida al hecho de haber nacido en el seno de una familia de escasos medios. Las damas de la alta aristocracia la imitaban hasta el punto de que la mayoría de ellas andaba simulando una pequeña cojera, tal como lo hacía Alix. 

Pero poco a poco Alejandra fue aislándose socialmente. A los problemas de salud que representaba la fiebre reumática que padecía se unía una otosclerosis de origen hereditario, que la iba dejando progresivamente sorda. Optó entonces por pasar más tiempo con sus hijos - el último de los cuales había muerto al poco de nacer - y dedicarse con mayor pasión a sus grandes aficiones: la acuarela y la fotografía. Durante varios años tomo clases de pintura y desde 1879 poseía una cámara Kodak aunque sus primeras fotografías datan de 1885. 

En 1892 muere el mayor de sus hijos, Alberto Victor, a causa de una neumonía y la tristeza de Alejandra es tan profunda que sus hermanas, Maud y Victoria la animan a emprender juntas un viaje por el Mediterráneo a fin de distraerla pero, como ella misma decía, había enterrado su felicidad al enterrar a su hijo. No obstante el crucero le proporcionó la paz que necesitaba en aquel momento.



Alejandra se convirtió en Reina en 1901, a la muerte de la reina Victoria. No experimentó demasiados cambios su vida puesto que ya había asumido muchas de las tareas sociales de su suegra mientras era princesa de Gales. No llego a reinar ni siquiera una década puesto que Eduardo VII moriría en 1910 dejándola triste, confusa y aturdida según sus propias palabras. A pesar de que Bertie siempre tenía alguna amante, Alix se sentía querida por él. Bertie admiraba su belleza, su elegancia y su porte, su sentido del humor y su gran humanidad. Eran grandes compañeros y ella soñaba con ver crecer juntos a sus nietos. 

Su mundo empieza a tambalearse cuando estalla la Primera Guerra Mundial. El asesinato de su sobrino el zar Nicolas II y de toda su familia supone un golpe muy duro para la dulce Alix. No vuelve a viajar al extranjero y poco a poco se va apartando de la vida pública. Sus distracciones consistían en el cuidado de sus nietos y en las sesiones cinematográficas privadas que se organizaban en Sandringham. 

Su salud va siendo cada vez más frágil, a su sordera se unió una hemorragia retiniana que la dejó casi ciega, su memoria se va deteriorando y aparecen problemas de lenguaje. El 19 de noviembre de 1925 sufre un infarto del que no se recuperaría. Falleció al siguiente día. 

Unos días más tarde una de sus sobrinas escribió" toda su maravillosa belleza volvió a elle. Yacía en su lecho de muerte con una sonrisa de felicidad…..la fotografía de la paz."Fue enterrada en el castillo de Windsor.

martes, 13 de diciembre de 2016

Carlota de Bélgica. Emperatriz de México




Carlota, Emperatriz de México. Winterhalter



Era la una de la madrugada del 7 de junio de 1840 cuando venía al mundo en el castillo de Laeken una niña que sería la última de los hijos de Leopoldo I de Bélgica y de Luisa María de Orleáns. Como ya tenía dos hermanos mayores vivos, Leopoldo y Felipe, la descendencia por vía masculina estaba asegurada así que cabe suponer que su nacimiento supondría una alegría. 

Desde pequeña se distinguió por su inteligencia y por su enorme precocidad de la que queda constancia en las cartas que María Luisa de Orleáns escribía a su madre, la Reina de Francia María Amalia de Borbón-Dos Sicilias. De sus abuelas ésta sería la favorita de Carlota y con los años se convertiría en su confidente. 

Carlota que también era la favorita de su padre, fue educada como sus hermanos; aprendió idiomas, historia, filosofía y política y algunos autores como Iturriaga, Kervoorde y De Grecia coinciden en afirmar que había sido educada para gobernar. Cuando contaba 10 años murió su madre y aunque su padre y hermanos se volcaron en ella, Carlota pasó por momentos de profunda tristeza y melancolía. 

Con el paso de los años Carlota se había convertido en una hermosa joven, preparada para entrar en el conjunto de princesas casaderas a la espera de marido. No estaba ella destinada a un matrimonio de conveniencia - aunque si fuera conveniente - sino a un matrimonio por amor al menos por su parte. En 1856, cuando Carlota contaba 16 años aparece por la corte belga el Archiduque Maximiliano de Austria, hermano del emperador Francisco José y cuñado de la famosa Sissi. 


Maximiliano de Habsburgo. Winterhalter. 1864


Maximiliano tenía entonces 24 años, era rubio, guapo, de ojos azules, alegre, amante de los placeres y con una sonrisa encantadora. Carlota se enamoraría de inmediato pero no ocurriría lo mismo con Maximiliano. El Archiduque había conocido cuatro años antes a María Amelia de Braganza y ambos jóvenes se habían enamorado y prometido en matrimonio. Desgraciadamente Maria Amelia murió apenas un año después de que se conocieran dejando destrozado a Maximiliano. Así pues, cuando conoce a la princesa belga todavía no se había recuperado del trauma sufrido. Carlota viendo que Maximiliano se marchaba y que su amor no era correspondido entraría en crisis, dejaría de comer y se pasaría el día en la cama con una tristeza profunda. Su padre apela a la Reina Victoria I de Inglaterra para que actué de intermediaria y le escribe: "Charlotte es una joven impresionable y parece haberse enamorado del Habsburgo con novelesco frenesí". 

Finalmente y después de que la reina Victoria moviera algunos hilos y - habida cuenta de que Leopoldo I era un hombre muy rico que dotaba a su hija de una cuantiosa dote -, Maximiliano pide la mano de Carlota y la pareja contrae matrimonio el 27 de julio de 1857 en la catedral de San Miguel y Santa Gúdula de Bruselas. 

Se instalan en Italia ya que el Emperador Francisco José, a instancias de Leopoldo I, les había concedido el virreinato de Venecia y de Lombardía. Fueron tiempos felices, Carlota seguía muy enamorada de su esposo y como su inteligencia y sus conocimientos sobre política eran mayores que los de él, se convertiría en su principal consejera en los asuntos de gobierno. 



Carlota y Maximiliano en 1857. Colección real de Bélgica

Dos años después, tras estallar la guerra entre Austria, el Piamonte y Francia, los austriacos pierden el control del norte de Italia y Maximiliano y Carlota se ven obligados a huir a Trieste instalándose en el castillo de Miramar. Aquí vivirán los siguientes cuatro años sin tener nada que hacer. Esta situación  de inactividad hunde a Carlota en un nuevo cuadro depresivo. 

Mientras tanto en Mexico gobernaban los liberales con Benito Juárez como Presidente. Acababa de terminar la Guerra de Reforma y el país se encontraba arruinado y endeudado con Francia,Inglaterra y España. Napoleón III consideraba que crear en México un estado satélite sería una manera de cobrar la deuda y con tal fin invadiría Mexico, lo que obligaría a huir a Juárez. Era el mes de junio de 1863, un mes después la Asamblea de Notables reunida en la capital, nombra a Maximiliano Emperador de Mexico. 

Es el propio Napoleón quien escribe a Maximiliano para darle la noticia y ofrecerle su ayuda, asegurándole que sus tropas continuarán en México para darle respaldo. Incredulidad, estupefacción y probablemente miedo fueron los primeros sentimientos del Archiduque, por el contrario, a Carlota la idea de convertirse en Emperatriz y poder gobernar la entusiasmó. 

En mayo de 1864 desembarcan en Veracruz. No hay aclamaciones en las calles, nadie acude a recibirlos y dado que el Palacio Real estaba en ruinas se instalan en el Castillo de Chapultepec. Carlota ya hablaba español correctamente. Con el paso de los meses los nuevos Emperadores se dan cuenta de que nada de lo que les habían prometido era cierto. Los liberales no les querían, los conservadores no les apoyaban y los franceses consideraban que no defendían debidamente sus intereses. Carlota deja escrito en su diario "Nos prometieron que encontraríamos la paz a nuestra llegada, pero nada más lejos de la realidad". 

La relación entre los esposos era buena, seguían colaborando y de hecho en los múltiples viajes que hacía Maximiliano por las provincias mexicanas, era Carlota quien quedaba como regente. No obstante dormían en habitaciones separadas y la relación marital era inexistente. Esta situación dispararía los rumores sobre una posible impotencia del Emperador.

Dos años después Napoleón III decide retirar a sus tropas y ante éste abandono Maximiliano considera que debe abdicar, pero Carlota no se lo permite. El Emperador, aún en contra de su voluntad, acepta el consejo de su esposa. Ese mismo año el padre de Carlota, Leopoldo I fallece y empiezan a manifestarse en ella los primeros signos de desequilibrio psíquico. 


Castillo de Chapultepec

La Emperatriz no come, apenas duerme y frecuentemente tiene accesos de cólera pero, decidida a ayudar a su marido emprende viaje a Europa. No era la búsqueda de ayuda la única razón por la que abandona México, según algunos historiadores Carlota se hallaba embarazada y el embarazo no era de su imperial marido, con quien seguía sin mantener relaciones maritales. 

Su intención al llegar a Europa era entrevistarse con Napoleón III y conseguir de nuevo su apoyo militar. Como cabía esperar el Emperador francés no se dejaría convencer y como consecuencia de ello el estado psíquico de Carlota empieza a deteriorarse. 

Sale de Francia y acude a Roma para solicitar la ayuda de Pio IX . Según nos cuenta Vallejo-Nájera: "Su Santidad observa con estupor cómo Carlota se agita de manera convulsa, saliendo de su boca una catarata de palabras en cinco idiomas que se entremezclan. De pronto dicen que tiene miedo, que Napoleón y Eugenia la han envenenado y , sin dilación, se introduce cuatro dedos en la boca para vomitar el tóxico". Sigue gritando que Napoleón y su esposa Eugenia de Montijo quieren envenenarla y se niega a abandonar el Vaticano. Carlota acaba de sufrir la eclosión de un cuadro psicótico que los expertos calificaron de esquizofrenia. 

A Roma acude su hermano Felipe, conde de Flandes, para hacerse cargo de ella y la traslada al castillo de Miramar. Los doctores Reidel y Jilek han sido llamados a consulta y ambos dirían que la emperatriz sufría "una grave manía persecutória". Ninguno de ellos hace referencia a un posible embarazo. Maximiliano  recibiría un telegrama con el siguiente texto: "Su Majestad la emperatriz Carlota ha sido golpeada el 4 de octubre, en Roma, por una grave congestión cerebral. La augusta princesa se ha trasladado a Miramar". 

México era un polvorín y Maximiliano, tras perder todos los apoyos, es apresado en mayo de 1867. Se le juzga y se le condena a muerte. El 19 de junio es fusilado. Para no agravar su estado nada se le cuenta, en aquel momento, a su esposa. 

Carlota nunca vería a su hijo, si es que realmente lo tuvo.  Respecto a la identidad de éste - La Casa Real Belga siempre guardó silencio - se ha dicho que se trataría del el general Maxime Weygand. Según el historiador francés André Castelot el propio Leopoldo III le habría confirmado que la paternidad de Weygand correspondía al general Van der Smissen”. Este militar se encontraba en Mexico en 1866.

En 1996, la historiadora belga Laurence van Ypersele, profesora de la Universidad Católica de Lovaina, publicó un libro que venía a resumir el estudio psicopatológico que había realizado al analizar las cartas escritas por Carlota durante su largo encierro, cartas que nunca llegaron a sus destinatarios pero que, concluye la historiadora, por su graforrea parece sobrepasar la mera etiqueta de esquizofrenia. 

De Miramar la trasladan a Tervueren y de aquí al castillo de Bouchout . Allí pasaría las siguientes décadas sobreviviendo a ese mundo que había conocido y que se derrumbaba a su alrededor. Murió a consecuencia de una neumonía el 19 de enero de 1927. Tenía 86 años, sesenta de los cuales los había pasado encerrada.

Isabel de Portugal, esposa de Carlos I




Isabel de Portugal. Tiziano. Museo del Prado


El rey de Portugal, D. Manuel "El Afortunado", había tenido la desgracia de quedar viudo de la infanta Isabel, hija primogénita de los Reyes Católicos, y de perder también al único hijo que su esposa le había dado. Como interesaba a D. Manuel seguir teniendo una buena relación con los reyes de Castilla y Aragón y necesitaba herederos, consideró solicitar a los Reyes Católicos la mano de su hija María, que le fue concedida de buen grado por los monarcas. Poco podía imaginar la infanta María cuando se dirigía a Portugal para desposarse con el que fuera su cuñado que, años más tarde, una de sus hijas volvería a su tierra natal para convertirse en reina y emperatriz. 

Fue alumbrada Doña Isabel en Lisboa, un 25 de octubre de 1503. Era una niña hermosa, segunda de los hijos de los reyes, y fue educada con esmero por su madre quien también fomentó en ella el gusto por la suntuosidad en sus atuendos y en las joyas con las que se adornaba. Cuando contaba catorce años murió su madre, quedando ella al cuidado de sus hermanos. La hermosa niña se estaba convirtiendo en una autentica belleza: esbelta, grácil y airosa, de cabellos rubios y grandes ojos de mirada inteligente, causaba admiración a todos los que la contemplaban. 

Tardó poco D. Manuel de Portugal en contraer nuevas nupcias, a pesar de la gran prole que le había dado Dª María, y contrajo matrimonio con una sobrina de la que fuera su esposa, Dª Leonor de Austria, hija de Juana "La Loca" y hermana por tanto de Carlos I. Tuvo de ella dos hijos, aunque solo uno sobrevivió, y murió pocos años después. Subió al trono portugués el hermano de Isabel, Juan III, quien quiso contar con los consejos de Dª Leonor, la reina viuda, reteniéndola a su lado. Esta situación desencadeno no pocas habladurías y para cortar con ellas D. Carlos exigió a su hermana el regreso a España. 

Corría el año 1525 y D. Carlos I había sido ya coronado Emperador de Alemania en Aquisgrán. Las Cortes de Toledo urgían al Rey para que tomase esposa puesto que convenía afianzar la Corona con un heredero. Había tenido ya D. Carlos algunos amoríos y tenía una hija bastarda reconocida por él pero su fama de hombre galante excedía a la realidad. Se inicia la búsqueda de esposa y se considera la posibilidad de un doble pacto con Portugal: el rey D. Juan desposaría a Catalina, la hija póstuma de Felipe "El Hermoso", que vivía recluida en Tordesillas, y D. Carlos contraería matrimonio con la hermana del rey portugués: Dª Isabel. No fue ajena D. Leonor a estas negociaciones que finalmente fueron aceptadas por D. Carlos. 

El Emperador Carlos V. Tiziano. Museo del Prado

La boda se celebró por poderes a finales de octubre de 1526 y no sería hasta el 11 de marzo del siguiente año que ésta se celebraría en los Reales Alcázares de Sevilla. No sabemos si influyó el embrujo de ésta ciudad o si fue la magia de la Alhambra de Granada, en la que pasaron su "luna de miel" pero, lo cierto, es que el amor entre ambos surgió de inmediato. Tanto deseaba el Emperador hacer feliz a su esposa que hizo plantar en el Mirador de Lindaraja y en su honor unas nuevas flores traídas de Persia: los claveles.

Cuando en noviembre de aquel mismo año los Reyes se encaminaban hacia Valladolid Dª Isabel estaba ya en su tercer mes de gestación y es en esta ciudad donde viene al mundo su primer hijo, Felipe, tras un largo y laborioso parto en el que no se oyó a la Reina emitir ni una sola queja. Tan sólo trece meses después y ya en Madrid, Isabel alumbraría una niña a la que se le impondría el nombre de María. No estuvo presente el Rey en este parto, ya que, asuntos urgentes lo retuvieron en Aragon. Tras el alumbramiento se le presentaron a Dª Isabel unas calenturas tercianas que la dejaron muy debilitada y que, a decir de los madrileños, se curaron por la gran cantidad de agua milagrosa de la fuente de San Isidro que bebió la Reina. 


Alhambra. Mirador de Lindaraja

Han transcurrido pocos meses desde este alumbramiento cuando D. Carlos marcha a Italia dejando a Isabel como regente. Su sensatez y su talento hacían de ella, en opinión del Rey, la perfecta gobernadora y no cabe duda de que así era ya que, aunque no tenía formación en política cuando llegó desde Portugal, su inteligencia, el profundo amor que sentía por su esposo y el adiestramiento de Carlos, la convirtieron en una experta. No en vano corría por las venas de ambos la sangre de dos grandes estadistas: sus abuelos, los Reyes Católicos. Fue durante esta ausencia de D. Carlos cuando Dª Isabel alumbraría a su tercer hijo, un varón al que llamaron Fernando y que moriría pocos meses después sin que su padre hubiera llegado a conocerle.

Larga fue esta ausencia del Emperador que no llegó al puerto de Barcelona hasta 1533. Tan impaciente estaba Dª Isabel por volver a ver a su esposo, que ya llevaba varios meses en Barcelona con sus hijos y es allí donde enfermaría por segunda vez de tercianas o paludismo. Quedó muy debilitada tras estas fiebres que a punto estuvieron de costarle la vida. Una vez restablecida acompaña a su esposo a las cortes de Monzón pues, a pesar de que era muy recatada, le gustaba ser vista por el pueblo y mostrarse ante ellos bien vestida y enjoyada. 

A Dª Isabel le gustaba ser nombrada por su titulo de emperatriz, probablemente por respeto a su suegra, Dª Juana, a la que ella consideraba la Reina. Acudió en distintas ocasiones a visitarla a Tordesillas y en alguna de estas visitas llegó a llevar a sus hijos pero, no han quedado testimonios de cómo se desarrollaban estas entrevistas. 

De nuevo se encontraba Isabel sola. El Emperador había partido hacia Túnez para librar otra de sus múltiples batallas y es en esta ciudad donde se entera del nacimiento, en el verano de 1535, de su nueva hija, una infanta que nació en Madrid y a la que se llamó Juana. A pesar de que el alumbramiento fue normal Isabel estuvo enferma durante la gestación. Fueron unas fiebres de las que no se especifica la causa pero que si son descritas en las cartas que el cardenal Tavera escribe al emperador. 

El emperador Carlos V y su esposa Isabel. Tiziano. Museo del Prado

Ante la incomodidad del gran Alcazar de Madrid, cuyas obras todavía no habían concluido, la Emperatriz había acabado por instalarse en Toledo, ciudad que le gustaba mucho, y donde se instala la corte, fijando Dª Isabel su residencia en el palacio de los Condes de Fuensalida. Allí el ambiente renacentista empieza a impregnar los salones y los poetas Garcilaso de la Vega y Juan Boscán no son ajenos al cambio producido. Tampoco es ajeno a este refinamiento el duque de Gandia, Francisco de Borja, que tocaba prodigiosamente el órgano. La admiración y la devoción que el duque de Gandia sentía por la soberana era notorio pero, si realmente llego a amarla nunca se supo. El duque era un hombre casado que jamás hubiera puesto en peligro su permanencia en la corte de Toledo. Ya se intuía en él la vocación religiosa que desarrollaría años más tarde. 

Era el verano de 1538 cuando regresa el Emperador. No le gustaba mucho a D. Carlos la residencia en Toledo pero, puesto que las obras en el Alcazar continuaban se mantuvieron allí. Se da cuenta entonces D. Carlos de la estricta educación que Dª Isabel imparte a sus hijos a los que parece estar educando más para la vida monacal que para ser príncipes y princesas. Se decide entonces, siguiendo las costumbres europeas, que el Príncipe de Asturias, D. Felipe, que ya tiene once años, pase a tener casa propia y en la elección del cargo de Mayordomo Mayor del príncipe surgen algunos desacuerdos entre los cónyuges. 

El Emperador permanecía en España y Dª Isabel se sentía feliz por ello. En la primavera de 1539 se organizaron fiestas, bailes y justas y el ambiente era alegre en la corte. La emperatriz se hallaba de nuevo embarazada y se esperaba el alumbramiento para el inicio del verano, pero el parto se adelantó tras sufrir la soberana un cuadro febril. Parió un niño muerto y fue asistida tan solo por una comadrona, Dª Quince de Toledo, mujer experimentada que, tal vez por esto, quiso llamar de inmediato a los médicos de su majestad ya que la Reina presentaba una gran hemorragia. A los tres días la fiebre se agudizó por - según las crónicas - gripe y neumonía, así lo hacen constar en cartas escritas al Emperador - que se encontraba en Madrid junto a su hijo Felipe - los doctores Villalobos y Alfaro, que eran quienes la asistían y que no parecían temer por su vida. Sin embargo la fiebre persistió, el cuadro continuó agravándose y finalmente se produjo la muerte. Hoy se piensa que probablemente la causa del fallecimiento fue una infección puerperal. 

Palacio de Fuensalida. Toledo

Aunque avisado con urgencia, ni el Emperador ni el príncipe pudieron ver a Dª Isabel con vida. D. Carlos no quiso verla muerta. Medio enloquecido se refugió en el monasterio de Santa María de Sisla y allí permaneció varios meses sin querer ver a nadie. El duque de Gandía, Francisco de Borja, no se separó del cadáver de la Emperatriz y acompañó al féretro desde Toledo hasta Granada. Junto a él caminaba el príncipe de Asturias, D. Felipe, que fue el único al que no se vio derramar ni una sola lagrima.

No volvió a casarse el Emperador y, aunque tuvo otras relaciones amorosas, no quiso que ninguna otra mujer se sentara a su lado en el trono del Imperio.

 Dª Isabel murió el 1 de mayo de 1539 en el palacio de Fuensalida, tenía treinta y seis años.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Isabel de Borbón y Borbón " La Chata"



Isabel de Borbón y Borbón. Vte Palmareli. Palacio Real de Madrid



Corría el mes de diciembre de 1851 y la Reina Isabel II de España se había puesto de parto. Tras un día y una noche larga y dolorosa la Reina daba a luz sobre las 11 de la mañana del día 20 a una niña hermosa y fuerte, a la que se impondría el nombre de Isabel. Como era la primera descendiente viva de la Reina fue nombrada Princesa de Asturias desde ese mismo momento. 

Dos meses después y cuando, siguiendo la costumbre de la Casa Real Española, se iba a presentar a la pequeña a la Virgen de Atocha, un religioso español, Martín Merino, activista liberal y antimonárquico asestó una puñalada a la Reina. Como Isabel II estaba entrada en carnes, los refajos y corsés que llevaba eran de una dureza considerable razón por la cual la puñalada apenas le costó una herida en el brazo. A Martín Merino le costó la muerte. 

Por los mentideros de Madrid corría el rumor de que el verdadero padre de la Princesa no era el consorte de la Reina, D. Francisco de Asís, sino un guapo diplomático llamado Jose María Ruiz de Arana. Sea como fuere y teniendo en cuenta que en aquellos años era la legítima heredera al trono, su educación se convirtió en un tema de Estado. Se comienzan a dar los nombramientos de aya, de camarera mayor , de directora de su educación y un largo etc, a pesar de lo cual la pequeña estaba muy sola. Había observado la Reina que su hija simpatizaba con la nieta de una de sus azafatas, una niña llamada Lolita Balanzat y Bretagne, y autorizó a esta niña a ser educada en Palacio y a convertirse en la compañera de estudios y juegos de la Princesa de Asturias. La amistad entre ambas perduraría para siempre. 

Isabel era una buena alumna, hablaba inglés, estudiaba música y religión y le apasionaban los caballos y la gimnasia. A pesar de su corta edad aparecía con frecuencia en actos sociales y despertaba las simpatías de los madrileños por su abierta sonrisa y su nariz pequeña y respingona -curiosamente nada borbónica, a pesar de ser Borbón por partida doble-. Fue en aquellos años cuando empezó a ser conocida como “ La Chata”. 

Cuando contaba seis años nace su hermano Alfonso y por tanto ella deja de ser Princesa de Asturias. Isabel se encontró de inmediato muy unida a su hermano, tal vez, por el hecho de que la Reina realizaba en aquella época multitud de viajes por las provincias españolas y siempre lo hacía acompañada de sus dos hijos. 



Con el paso de los años Isabel se iba convirtiendo en una adolescente culta y de gran carácter. Era muy aficionada al teatro, a los conciertos de música y especialmente a los toros. Era, a decir de las gentes, muy campechana y lo mismo podía vérsela en una romería o en un a verbena popular que en una cena de gala. También era muy aficionada a las joyas de las que llegó a poseer una gran cantidad.

En 1868 la Reina decide, por razones políticas, que Isabel debe casarse con Cayetano de Borbón -Dos Sicilias, conde de Girgenti. Ni Cayetano ni Isabel deseaban casarse pero ambos habían sido educados para aceptar los compromisos que el Estado les impusiera. Isabel aportaría una cuantiosa dote, el novio - hijo del destronado Rey de Las Dos Sicilias - apenas aportaría nada. 

Emprenderían el viaje de novios por distintas capitales de Europa y al llegar a Paris se enterarían de la revolución “  La Gloriosa” española. La destronada Reina Isabel, al llegar al exilio parisino, compraría un palacete en el que viviría con sus hijos pero, los Girgenti no se instalaran en él, prefiriendo mantener su independencia.

Fue en París donde Cayetano empezaría a sufrir crisis epilépticas - enfermedad que ya padecía pero que se le había ocultado a la Infanta- y esto le ocasionaría  una profunda depresión que se agudizaría como consecuencia del aborto sufrido por la Infanta Isabel en septiembre de 1871. Dos meses después y mientras pasaban unos días en Suiza, Cayetano se suicidó disparándose un tiro en la sien. 

Cayetano de Borbón - Dos Dicilias


Isabel, viuda a los 20 años, vuelve al hogar familiar de Paris donde se instala junto a su madre y hermanos. La relación con su hermano, el futuro Alfonso XII, no puede ser mejor. Con sus hermanas reina la armonía pero la diferencia de edad entre ellas impide una relación profunda. 

Mientras tanto, en España se declara la restauración monárquica y el joven Alfonso XII vuelve a ocupar el Palacio Real, no así la Reina Isabel II a quien todavía no se le permite el regreso. No obstante, Cánovas hace llamar a la Infanta Isabel para ser nombrada de nuevo Princesa de Asturias ya que D. Alfonso todavía no tiene descendencia. 

Consideraba Isabel que " la familia real debe ganarse el respeto del pueblo llevando una vida recta y honesta, lejos de cualquier escándalo" y se dispuso por tanto a trabajar con entusiasmo en representación de la Corona impulsando las actividades sociales y culturales. Acompañada por su hermano el Rey - a quien iba imponiendo disciplina- acudía a representaciones, conciertos e inauguraciones, adquiriendo un protagonismo que despertaba los celos de su destronada madre, quien no sería autorizada a regresar a España hasta 1876 impidiéndole, no obstante la entrada en Madrid.

Casa D. Alfonso con Mercedes de Orleáns, y durante el breve tiempo que duró el matrimonio, Isabel se convertiría en el mayor ejemplo y en la fiel consejera de su cuñada. Tras la muerte de Mercedes pasaría a ser el paño de lágrimas de su hermano. 
Pero la vida seguía y el joven rey debía contraer nuevas nupcias para asegurar un heredero a la Corona. Lo haría con María Cristina de Habsburgo Lorena y ésta, que no gozaba de la simpatía de los españoles, encontraría en su cuñada Isabel el más firme de los apoyos. 

La Infanta Isabel deja de ser Princesa de Asturias cuando nace la primera hija de su hermano pero continua con su apretada agenda al servicio de la Corona. La muerte de Alfonso XII a finales de 1885 la sume en un profundísimo dolor. 



Había nacido ya el hijo póstumo de los Reyes, Alfonso XIII, la Regente Dª María Cristina se ocupaba de los asuntos relacionados con el Estado y a la Infanta Isabel por orden del Gobierno de Sagasta solo se le permitía participar en los actos benéficos. Así pues la Infanta retoma sus aficiones:  monta a caballo, caza, acude al hipódromo, ocupa su asiento en los toros  y va a los conciertos y al teatro como cualquier dama de Madrid. No obstante se sintió humillada cuando en la Exposición Universal de Chicago el gobierno eligió a su hermana Eulalia para representar a España. 

Pasan los años y en 1900 Isabel compra un palacete en la calle Quintana a donde se trasladará y donde vivirá el resto de su vida. Sigue siendo la más popular y la más querida de los miembros de la Familia Real y por su palacio pasará lo más granado de la nobleza, de la política, de las artes y de la música.Continúa teniendo una magnifica relación con su cuñada pero, sigue veraneando e la Granja, lugar al que se siente muy unida, a pesar de que María Cristina lo haga en San Sebastian. 

Cuando llega a la política Antonio Maura la Infanta volverá a adquirir protagonismo y será enviada como representante de España al Centenario de la República Argentina. A pesar del agotamiento, éste viaje representará un gran éxito para Isabel. 

Con el paso de los años la monarquía va perdiendo prestigio aunque esto no afecta a la Infanta cuya popularidad es cada vez más grande. Ni Alfonso XIII ni Victoria Eugenia de Battenberg, cuyo matrimonio hacía aguas, conseguirían despertar el cariño de un pueblo que sufría graves problemas económicos y sociales. 

Durante estos años de senectud Isabel se siente muy sola, ha ido perdiendo a todas las personas a las que quería y ve con tristeza como se pierde también la institución monárquica a la que ha dedicado su vida. 



Con setenta y nueve años y con una enfermedad degenerativa que la tiene prácticamente imposibilitada, Isabel ve como la Familia Real debe abandonar España ante la proclamación de la República. Ella es la única de la familia, tal vez por su debilidad física, a la que el nuevo Gobierno autoriza a permanece en Madrid. Fiel a si misma decide marchar al exilio y en una ambulancia abandona la capital de España y se dirige a Paris, al convento de Auteuil. Su salud se agrava con el viaje sufriendo una bronquitis que debilita su corazón y le ocasiona la muerte a los cinco días de abandonar España. 
Es enterrada en Paris, en una ceremonia estrictamente familiar

La noticia llega a España y en Las Ventas se guarda un minuto de silencio. El diario ABC le dedica una portada. 

En 1991 y durante el reinado de Juan Carlos I sus restos serían trasladados a España y sepultados en el panteón real de la Colegiata de la Granja, probablemente su lugar más querido.

domingo, 20 de noviembre de 2016

D. Juan de Austria




D. Juan de Austria. Anonimo. Museo del Prado



Todo es confuso en el nacimiento de este personaje. La mayoría de sus biógrafos coinciden en afirmar que se produjo en Ratisbona y durante el mes de febrero. Respecto al año vuelven a surgir las dudas : 1545 para algunos y 1547 para otros. De lo que no hay duda, puesto que el mismo Emperador lo reconoció, es de que era hijo de Carlos V pero, ¿ quién era la madre?. A día de hoy los historiadores aseguran que se trataba de Bárbara Blomberg, una hermosa mujer a la que la mayoría describen como perteneciente a la alta burguesía de Ratisbona, aunque el hispanista Bennassar considera que no se trataba más que de una ramera muy bella y con grandes dotes para el canto. 

Está documentado que a Bárbara se la casó con Jerôme Pyramus Kegel ( tal vez por ello se conocía al hijo del Emperador como Jeromín) y que fruto de ese matrimonio tuvo dos hijos y también que cuando quedó viuda, pocos años después, empezaría a recibir una pensión primero del Emperador y a la muerte de éste de Felipe II. 

Corría el año 1550 cuando Carlos V decide que es hora de ocuparse de su hijo. Su mayordomo mayor es enviado para firmar un acuerdo con D. Francisco Massy, un músico de la Corte flamenca cuya esposa era española y se decide que ambos, previó pago de 50 ducados, se encargarán del cuidado de Jeromín en la localidad de Leganés. 

Cuatro años después, y tras la muerte del músico, D. Carlos encarga el cuidado de su hijo a Dª Magdalena de Ulloa, esposa de su consejero D. Luis de Quijada y el pequeño Jeromín se traslada al Castillo de Villagarcía de Campos, residencia de sus nuevos cuidadores. 

Carlos V. Tiziano. Museo del Prado


Pocos años después y encontrándose ya el Emperador en Yuste da ordenes a D. Luis de Quijada y a su esposa para que se trasladen junto a Jeromín a la localidad de Cuacos de Yuste, pues deseaba tener más cerca a su hijo. Carlos V moría en septiembre de 1558 pero, previamente a su abdicación, había redactado un codicilo a su testamento en el que reconocía ser el padre de Jeromín. 

Felipe II se encontró pues con un hermano y con la obligación moral de dar cumplimiento al testamento de su padre: reconoció a Jeromín como perteneciente a la familia del Rey - no a la Familia Real y por lo tanto no se le otorgaba el título de alteza sino el de excelencia -, cambió su nombre por el de Juan, le otorgó Casa propia y le asignó 15.000 ducados para su mantenimiento. También se ocupó Felipe de completar su educación y fue enviado a la universidad de Alcalá de Henares junto a dos de sus sobrinos: D. Carlos y Alejandro Farnesio. 

D. Juan era rubio, de ojos azules y muy guapo por lo que no le faltaron pues las amantes desde muy temprana edad y ya en aquellos años tuvo relaciones con una dama llamada María de Mendoza con la que tuvo a su primera hija : Ana. Después y dado su carácter conquistador, vendrían otros. 

El carácter y las inclinaciones de D. Juan convencieron a su hermano Felipe de que debía ser empleado como hombre de Estado y como guerrero y por tanto autorizó a su medio hermano a asistir a los Consejos de Estado.

Las relaciones entre D.Felipe y D.Juan pasaron por diferentes etapas. En un primer momento D. Felipe tendría una actitud paternalista hacia D. Juan , lo que originaría que en éste se desarrollara una actitud de respeto al hermano mayor que había venido a sustituir a un padre que nunca ejerció como tal. Con el paso de los años las relaciones se irían deteriorando; el carácter impulsivo y rebelde de D. Juan y la desconfianza y encorsetamiento moral de D. Felipe unido a la influencia de algunos personajes que mediatizarían en la relación fraternal en pro de sus intereses, irían creando un abismo entre los dos hermanos.

Felipe II. Tiziano. Museo del Prado


La mayoría de los biógrafos coinciden en afirmar que D. Juan era un gran guerrero, pero lo cierto es que siempre tuvo a su lado un Consejo militar del que formaban parte los mejores militares y que, aunque él ostentara la titularidad, era el Consejo quien ponía en marcha las operaciones y quien frenaba la temeridad de D. Juan impidiéndole malgastar tropas y dinero. 

Así ocurrió en la batalla de las Alpujarras y también cuando capitaneó La Liga Santa y la batalla de Lepanto en donde se encontró rodeado y asesorado por los mejores militares de su época. Son muchos los historiadores que consideran que el genio militar atribuido a D. Juan lo era en realidad de sus asesores. Dice Marañón que: " D. Juan no era sin duda un genio de la política ni de la táctica guerrera "… y a esto el historiador Bennassar añade "la fama de don Juan, la admiración que le dedicaron sus coetáneos fue un fenómeno repentino, súbito resultado de una hazaña única: la victoria de Lepanto …". El éxito de Lepanto, propio o no, enardeció la ambición de D. Juan, que no solo se atrevió a solicitar el titulo de Alteza - aunque sistemáticamente le era negado - sino que también llegó a desear un reino propio. 

La relación entre el rey Felipe y su hermano estaba prácticamente rota en los inicios de 1574 y en esta ruptura no fueron ajenas las intrigas y confabulaciones de Juan Pérez, secretario real, y Juan Escobedo, secretario de D. Juan. 

Ya en 1576 D. Juan recibe la orden de abandonar Italia y dirigirse a los Países Bajos con el nombramiento de Gobernador de los mismos. No agradaría a D. Juan este destino que se encontraba en plena rebelión protestante. A su llegada los tercios españoles llevaban meses sin cobrar sus pagas, y cansados de esperar organizaron el "saqueo de Amberes", como consecuencia de ello la situación llegaría a su punto más álgido. No obstante, D. Juan, consigue apaciguar la rebelión y, a principios de 1577 se firma el Edicto Perpetuo en él que se reconocerían las libertades flamencas a cambio del reconocimiento de la soberanía española y de la restauración de la fe católica en el país.


Batalla de Lepanto. Valdés Leal. Iglesia de la Magdalena. Sevilla


En verano de ese mismo año D. Juan decidiría atacar la plaza de Namur. La entrada de las tropas españolas en la capital de Valonia provocaría que en los primeros meses de 1578 Inglaterra se involucrase en el problema flamenco mediante el envío de dinero a los rebeldes. Con el apoyo de la Reina Isabel, los Estados Generales depusieron a D. Juan acusándole de romper la paz. 

A partir de ese momento la vida de D. Juan se desarrollaría en el infierno. El asesinato de su secretario particular, Juan Escobedo, en Madrid le llevaría a la paranoia, empezaría a pensar que existía una conspiración contra él y que sería la próxima víctima. El temor a ser asesinado le llevaría incluso a sustituir a su guardia personal por mercenarios alemanes. 

Durante el estío se encontraba agotado y desanimado y en la segunda quincena de septiembre sufrió unas fiebres que lo dejaron postrado. Considerando que los aires del campo le vendrían bien y deseando mejorar su salud pidió ser trasladado a las afueras de Namur, a un campamento en cuyo palomar, una vez acondicionado, se le instaló.

Extenuado por la fiebre, los vómitos y los dolores que, de tanto en tanto, sacudían su maltrecho cuerpo, murió, según parece, el 1 de octubre de 1578. Tenía 33 años.

No acabaron aquí las incógnitas sobre la figura de D. Juan de Austria y la causa de su muerte sembraría también dudas. Se llegaría a pensar en un envenenamiento ( eso apuntan Porteño y Vander Hammen), en la mala praxis de quienes le trataron de una almorrana que sufría, como dejó escrito el que fuera su cirujano de Cámara Dionisio Daza Chacón, y también se habló de una enfermedad venérea. Por último se apuntó como causa del óbito al tifus exantemático y ésta es la patología que parece acercarse más a la realidad.

Tras la muerte su cuerpo sería trasladado, con todos los honores que correspondían a un hermano del Rey, hasta la catedral de Namur donde recibiría sepultura. A los cinco meses de estos hechos su Majestad D. Felipe II decidiría trasladar los restos de D. Juan a España y con tal propósito el cuerpo de D. Juan sería descuartizado y trasladado en secreto hasta El Escorial. Allí se le rindieron honores y se le dio nueva sepultura. Allí descansa, junto al resto de Infantes de la Monarquía.


jueves, 10 de noviembre de 2016

Eduardo II de Inglaterra ( II )








En 1325 estallaría una disputa territorial entre Eduardo II y Carlos IV, rey de Francia y hermano de Isabel. La Reina se ofreció a ser la mediadora entre su hermano y su esposo y partió hacia Francia. Allí, además de reencontrarse con su hermano, se encontraría también con Roger Mortimer y en este ambiente distendido y más amable que el de Inglaterra y mientras se estudiaban las condiciones del tratado de paz, ambos se convertirían en amantes. Roger era joven, valiente, galán, persuasivo y con pocos escrúpulos.

La relación entre la Reina y Mortimer se convirtió en un secreto a voces tanto en Francia como en Inglaterra. El tratado ya estaba redactado y firmado por el Monarca francés y por la Reina inglesa pero se exigía que el propio Rey o el Príncipe de Gales en su defecto, acudieran a París para ratificarlo. Esto suponía un dilema para Eduardo. Si era él quien acudía a Francia los nobles podrían aprovechar su ausencia para vengarse de su querido Despenser y si enviaba a su hijo, Isabel y su amante lo utilizarían en su contra. Finalmente, pudo más el amor a Despenser y fue el Príncipe de Gales, de tan solo 13 años, quien partió hacia Francia.

Como Eduardo temía ni la Reina Isabel ni su hijo regresaron a Inglaterra de inmediato. Permanecieron en Francia, donde se reunieron con los nobles ingleses que habían sido obligados a exiliarse por culpa de los Despenser y allí se iniciaría una conspiración para derrocar a Eduardo. El Rey que temía una agresión contra su poder, montó en cólera y escribió a Carlos IV conminándole para que obligara a su hermana a regresar a su Reino, pero el francés contestó que Isabel había ido voluntariamente a Francia y que podía marcharse cuando quisiera o quedarse si así lo deseaba.


La Reina Isabel y Roger Mortimer junto a su ejercito


La situación se volvía insostenible, la libertad de Isabel significaba la deshonra de Eduardo II ante Europa. No deseaba Isabel comprometer por más tiempo a su hermano y en el verano de 1326 ella, Mortimer y su hijo Eduardo abandonarían París camino de Holanda pasando por la Corte de Guillermo, conde de Henao, y uno de los nobles más poderosos de aquellas tierras, y es allí donde se produce la mejor jugada de Isabel en contra de su esposo. A cambio del compromiso de su hijo Eduardo, heredero al trono inglés, con Filipa, la hija de Guillermo, el conde les proporcionaría un ejército y les ayudaría a invadir Inglaterra.

Isabel desembarca en Suffolk y, según nos cuenta el historiador Lingard, la Reina es recibida como "La libertadora del país". Muchos nobles se  unen a su causa. El despotismo con que los Despenser los habían tratado haría que se posicionaran al lado de su Reina. Eduardo II no encontraba apoyos y era incapaz de formar un ejercito. No le queda otra salida que huir de Londres y la Reina Isabel entraría en la ciudad sin ninguna dificultad.

En su discurso, al tomar posesión de la capital del Reino, Isabel asegura que va a liberar al pueblo de los Despenser y de todos sus saqueadores. Los ciudadanos, embravecidos, empezarán por linchar al tesorero real entregándole a la Reina su cabeza. El rencor contra los que fueron partidarios de los Despenser se adueñó de las gentes y los disturbios continuaron por toda la ciudad: se mataba, se saqueaba, se violaba y se tomaba la venganza como si fuera justicia.

Llegada de Isabel a Inglaterra


Isabel y Mortimer dejaron Londres sumida en el caos y se dirigieron a Bristol, allí capturaron a Despenser "el viejo", el padre del amante del Rey. Al día siguiente de su captura fue juzgado y condenado a morir decapitado. La condena se cumplió de inmediato.

Mientras tanto Eduardo y su amante habían huido a Gales con la esperanza de encontrar apoyo entre sus gentes pero, todo el mundo odiaba a los Despenser y la ayuda esperada no se hizo efectiva. Fue precisamente Enrique de Lancaster, hermano del decapitado Thomas, el que capturó a Eduardo y a su amante. Hugo Despenser fue enviado a Hereford, donde se encontraban la Reina y Mortimer y el propio Enrique acompañó al Rey hasta Kenilworth.

Intentó Despenser suicidarse pues sabía que lo que le esperaba era peor que la muerte pero, no lo consiguió. En "Las crónicas de los Reyes de Inglaterra" del historiador Froissart (1373 - 1404) se describe el horror de su ejecución: fue arrastrado por cuatro caballos hasta el cadalso, allí se le ató a una escalera a quince metros de altura para que todo el proceso pudiera ser visto por la multitud, una gran pira ardía a su lado. Se le cortó el pene y los testículos y se echaron al fuego, después el verdugo abrió su vientre y fue sacando las vísceras y arrojándolas a la pira mientras intentaba mantener con vida y despierto al reo, finalmente se le sacó el corazón. Su cuerpo fue dividido en cuatro trozos y su cabeza fue colocada en una pica a las puertas de Londres. Según los cronistas la Reina presenció la ejecución.


Ejecución de Hugo Despenser


Isabel y Mortimer no quisieron ejecutar al Rey. Sabían que, aunque pocos, algún partidario tenía Eduardo y además era posible que su hijo, el futuro Eduardo III, no perdonara tal acción. Así pues, se condenó a Eduardo a ser encerrado de por vida y se instó al Parlamento para que el Rey fuera destituido pero, había otras cuestiones de índole legal que era preciso solucionar. Para que el Príncipe de Gales pudiera ser coronado estando vivo el Rey, era necesario que éste abdicara en su hijo. Se envió una delegación encabezada por el Arzobispo de Canterbury, para convencer al Monarca de la necesidad de su abdicación. Tras leerle la larga lista de errores que había cometido en su vida, Eduardo firmó.

Inglaterra ya tenía nuevo Rey, el Principe fue coronado como Eduardo III en junio de 1327 pero era demasiado joven, tan solo 14 años, por lo que la Reina y Roger Mortimer se ocuparon de la Regencia. Isabel y su amante habían conseguido ya lo que siempre desearon: el poder supremo pero, no estaban tranquilos, la sombra de un Eduardo vivo se cernía sobre ellos.

Eduardo se encontraba preso en el castillo de Berkeley. En la noche del 21 de septiembre unos espeluznantes gritos despertaron a los ocupantes del mismo pero, los gritos cesaron súbitamente y todo el mundo volvió a conciliar el sueño. A la mañana siguiente los moradores del castillo y los habitantes de los alrededores fueron invitados a contemplar el cadáver de Eduardo que yacía frío y con su rostro horriblemente desfigurado, expresando una horrible agonía. 


Castillo de Berkeley

Según algunos historiadores la muerte de Eduardo fue ejecutada por sus carceleros tras recibir una nota en latín - que lo decía todo pero que no comprometía a nada - de la Reina. Fue ésta y su amante Mortimer quienes idearon un asesinato perfecto en el que no quedaran huellas manifiestas en el cadáver. Los carceleros perforaron el cuerno de un buey, se lo introdujeron por el ano y a través de él lo empalaron con un hierro candente. De esta forma no quedarían quemaduras visibles en el cadáver. Otros historiadores han desmentido por completo esta historia y concluyen que murió asfixiado e incluso hay otros que aseguran que Eduardo logró huir y busco refugio en Milán. 

Su muerte sigue siendo un misterio y en aquel momento a nadie se culpó por ella. Fue enterrado en la Catedral de Gloucester